Oviedo siempre será la ciudad donde nací y crecí, donde estudié, empecé a trabajar, me desarrollé como persona y donde están mis raíces, y por ello siempre será importante. Y dentro de ella hay ciertos lugares que me han marcado de un modo especial, y uno de esos lugares es el Parque San Francisco, del que quiero hablaros hoy, o también conocido como El Campo.

¿Qué es el Parque de San Francisco?

Si en algún momento habéis ido a Oviedo seguro que lo habréis visto, es el parque principal de la ciudad, situado en pleno centro, justo al lado de la calle Uría y la Plaza de la Escandalera.

Podríamos decir que es el pulmón de la ciudad, aunque en un lugar como Oviedo, rodeada de montes y llena de parques, ese llamado pulmón no es muy necesario.

Pero a nuestro modo, y en escala tenemos un parque principal que pudiera compararse con El Retiro, Hyde Park, o Central Park, aunque el nuestro es más pequeñito pero no por ellos menos cuco.

¿Qué podemos encontrar en él?

En el Parque San Francisco hay todo lo que tiene que haber en un parque. La verdad es que no sabría medir su extensión, pero puedo decir que es un cuadrado muy grande de vegetación situiado en el corazón de la ciudad. Hay numerosos jardines dentro de él e infinidad de especies de árboles. Al lado de cada especie de árbol había una placa indentificativa que te servía para conocerlos mejor, recuerdo que cuando era pequeña siempre íbamos de árbol en árbol leyéndolos, pero de eso han pasado más de dos décadas y creo que las placas siguen siendo las mismas, por lo que su estado no es el mejor posible.

Pero el el Campo también hay fuentes, un montón de ellas, no hay que olvidar que Oviedo es la ciudad de las fuentes y de las estatuas, las hay por toda la ciudad, y en el Parque San Francisco no iba a ser menos. A mí siempre me ha gustado especialmente la de las ranas, que como su nombre indica tiene ranas verdes en sus surtidores. Esta fuente está situada al final del paseo central, justo enfrente de la calle Toreno, y muchas veces me he sentado en uno de los bancos situados a su lado a leer. Pero si hablamos de fuentes dentro del Campo San Francisco, no podemos omitir la famosísima fuente del caracol, donde generaciones y generaciones de carbayones nos hemos acercado a beber. Se trata de una fuente pequeñita, constituida por una pared de piedra en la que están incrustado varios surtidores, y arriba del todo, en la cima de la pared se encuentra el caracol, de piedra y sin cuernos, que desde su posición ha visto tantas cosas a lo largo de tantos años… más bien parece un animal del cuento de Alicia en el País de las Maravillas, que cuando menos te lo esperes, te guiñará un ojo o aparecerá y desaparecerá.

Parque San Francisco, ¿dónde está?
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Muy cerca de la Fuente del Caracol está el Palomar, una pequeña edificación llena de palomas como podéis imaginaros. En la parte trasera hay un pequeño estanque rodeado de flores, pero no es muy recomendable, suele estar lleno de gente no muy grata.

En cuanto a la parte destinada para niños cuando yo era pequeña sólo había una zona de columpios situada en la parte de arriba del parque. La verdad es que era una zona extensa en la que había columpios y toboganes principalmente. Cuando nosotros éramos pequeños nos entreteníamos con cualquier cosa. Ahora en esa misma área hay incluso mesas de ping pong. Pero además, hace unos años han creado un pequeño recinto para los juegos de los más pequeños. Es sólo un pequeño redondel que se sitúa donde antes estaba la Cueva de la Osa. Yo no llegué a conocer a la osa, pero estaba dentro de esa cueva y vivió allí durante años, pero creo que se murió antes de que yo naciera. Después siguió estando la cueva también durante muchísimos años más, hasta que hace poco (no sabría decir con exactitud la fecha) pusieron allí la zona recreativa para niños pequeños. Está justo al lado del estanque, donde de toda la vida hemos ido a tirar migajas de pan, galleta o barquillo a los patos y cisnes que viven en él.

Además de árboles, jardines, fuentes, zonas para niños y paseos, como dije al principio de la opi, Oviedo es la ciudad de las fuentes y las estatuas y en su parque principal no podían faltar. Que yo recuerde ahora mismo, creo que hay tres estatuas: una de La Maternidad, que representa a una mujer amamantando a su niño, y que está justo enfrente del estanque de los patos. La otra, representa a una fotógrafa que al parecer retrataba a los niños hace décadas, también creo que se murió mucho antes de que yo naciera; pero en homenaje le han hecho una estatua con su cámara de fotos y su caballo de cartón. La tercera estatua está en el vértice del parque más cercano a la calle Uría y es un busto enorme de Sabino Fernández Campo, el que fuera jefe de la casa del Rey durante tantos años, nacido en Oviedo y que como carbayón ha recibido su homenaje, aunque en una estatua que según mi punto de vista en sencillamente horrible. Aparte de estas estatuas en el paseo del bombé, dentro del propio parque hay otras, pero particularmente no me dicen nada.

Los habitantes del parque

Podríamos decir que los habitantes del parque son los propios carbayones que lo atraviesan al cruzar la ciudad; los que cogen un libro y en cualquier de sus bancos se ponen a leer; los que pasean por él mientras caen las hojas en otoño o con la luz de primavera; las parejas que se cuentan sus confidencias y arrumacos en él; los niños que corren y juegan en todo su contorno; los ancianos que se sientan en sus bancos a pasar la tarde; los barquilleros que venden barquillos y galletas de miel como lo hacían décadas atrás…

Y además de todas las personas que viven en el parque de una u otra forma, y que además lo hacen vivir, existen multitud de animalitos que pueblan sus jardines. Tenemos los patos y los cisnes de los que os he hablado antes, ¿qué sería del estanque sin ellos?, las ardillas que corretean árboles arriba y abajo…, las palomas del palomar, en día la osa, y sobre todo no podemos olvidarnos de los pavos reales, auténticos dueños del parque, que se pasean arriba y abajo por él sin que nadie les moleste. Y en el caso de que alguien les moleste, Dios salve a ese alguien, porque tienen tanta mala leche que te pueden dar un picotazo cuando menos te lo esperas, lo que no recomiendo a nadie, la verdad.

Y además de las personas y los animales, está el mundo entero de árboles y plantas que pueblan ese inmenso jardín que es el Parque San Francisco, tan querido por todos los que somos carbayones.

Mis recuerdos

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Como he dicho anteriormente, casi casi he crecido en ese parque. Tengo infinidad de recuerdos de mi infancia, iba allí con mis padres, con mis abuelos… especialmente con mi padre en las tardes de junio y septiembre en que no había colegio. Me encantaba ir a ver a los patos, y como ya os he contado, echarles miguitas de pan o lo que fuese; normalmente eran cachitos de la galleta de barquillo y miel que antes le habíamos comprado al barquillero. Es curioso, porque ahora soy yo quien le compro las galletas para mi sobrina, que también se entretiene echándole miguitas a los patos… La cantidad de veces que habré corrido arriba y abajo persiguiendo a las palomas, con los ojos bien abiertos de una niña que le quedaba todo por aprender.

Luego fueron pasando los años y descubrí el parque de las tardes de primavera, en las que coger un libro y pasarme horas sentada en uno de sus bancos, con el rumor del viento entre las hojas de los árboles y el chapoteo de la fuente frente a mí. Aprendí a encandilarme con el otoño y las miles de hojas doradas que caían en mis paseos como una lluvia de sentimientos. En el parque paseé mis amores, soñé con tiempos mejores, me reí con los amigos o únicamente me dediqué a recorrerlo por el simple placer de pisarlo de nuevo. Y como dije, ahora llevo a mi sobrina cuando voy a Oviedo, y me gusta verla crecer y que tenga tantas ganas de aprender y comerse el mundo, que abra los ojos hasta el máximo, muy muy abiertos para empaparse de todo, como hacía su tía, y a mi modo aún sigo haciendo.

La próxima semana volveré a mis raíces, volveré a este parque entre cuyos arrullos puedo recordar cien escenas, mil recuerdos… Porque por muchas ciudades que habite, en ninguna habrá un parque como éste es para mí, un trocito tan importante de mi vida. Me queda la espinita de poder sentarme entre su hierba, pasear con los pies desnudos como siempre lo hago cuando voy a Londres y sus parques, sin importarme demasiado si hace frío o calor. Pero en Oviedo el césped de los parques no se pisa, y mucho menos el del Campo; una pena sin duda, pero por todo lo demás, una y mil veces volveré a mi parque para convertirme, aunque sea por unos instantes, en otra habitante más de sus innumerables secretos.