El Peine del Viento

Os propongo viajar con la mente hasta Donostia – San Sebastián para conocer uno de esos lugares mágicos que esconde el País Vasco: el Peine del Viento. Un sitio idílico, donde parece acabar no solo Donostia, sino el mundo entero. Construido en 1976 sobre una imponente obra arquitectónica de Luis Peña Ganchegui, el conjunto escultural de Eduardo Chillida nos invita a sentir la fuerza del viento del norte proveniente desde el mar Cantábrico. Un viento que moldea no solo las rocas que protegen la ciudad, sino el carácter de todo un pueblo.

Estamos ante una obra que por méritos propios se ha convertido en uno de los grandes atractivos de la bella capital de Gipuzkoa. Ubicada en el extremo oeste de la famosa bahía de la Concha, el Peine del Viento parece formar parte de un extraño cuento hecho realidad. Un lugar en el que a cada paso que das, sientes con mayor potencia su enorme latido. Un latido avivado con el poderío de las furiosas olas que golpean Donostia en los días de invierno y que acarician las almas de miles de turistas y locales en los días de verano.

Cómo llegar

Para acceder a ver esta escultura, deberemos pasear antes por el paseo marítimo de la playa de Onderreta, y luego, cuando se acabe el paseo, girar a la derecha y caminar recto.. la verdad es que nosotros nos sorprendimos de la gente que iba hacia allí, por lo que no tiene pérdida ninguna. Además se puede ver parte del Monte Igueldo en el paseo hacia el Peine del Viento, cosa que hace que sea más entretenido llegar hasta allí.

Se podría decir que esta escultura está situada en la otra punta de San Sebastián, por lo que el centro queda algo alejado, no obstante el paseo se hace muy ameno y muy entretenido, pudiendo ver las playas y las diferentes casas y edificios que hay en el paseo, y no es que me guste mirar las casas, sino que tenían estructuras curiosas, algunas más modernas, otras como caseríos, etc.

Hasta allí no llega ningún autobús, que yo sepa, pero queda cercano el que va hasta el Funicular del Monte Igueldo, más o menos a un paseito de unos 5 o 10 minutos. Además también se puede ir en coche, eso sí, aparcando en el mismo lugar de donde pasa el autobús, es decir, en frente del Funicular del Monte Igueldo, lo que pasa q es zona azul y se tiene que pagar aún estando al aire libre..

En breve surge imponente la arquitectura de Luis Peña Ganchegui, tras la cual se esconde el Peine del Viento.

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Historia y opinión de El Peine del Viento

Hace treinta años el ayuntamiento donostiarra iniciaba las obras de este enclave, que en aquellos lejano días, vino a rematar el frente marítimo de esta ciudad, que hasta entonces veía como uno de sus extremos se perdía entre las afiladas rocas del acantilado. La obra sería toda una prueba de ingeniería, pero el resultado final, es hoy uno de los punto mas fotografiados de esta ciudad, una zona rematada por la plaza diseñada por Peña Ganchegui, el arquitecto donostiarra que levantaría la peana en la que mas tarde Chillida situaría su famosa escultura.

El Peine del Viento, en realidad se trata de tres elementos que constituyen este conjunto escultórico, que entre sus dedos dejan pasar el viento que azota esta parte del cantábrico, tres piezas de hierro forjado, que con el paso del tiempo, han comenzado a adquirir unas tonalidades rojizas, con las que parecen retornar a la fragua, de la que un día salieron, al rojo vivo. El clima ha hecho sin duda su trabajo, puliendo las rocas, azotando el metal, hasta darle la coloración que en la actualidad exhiben.

Luis Peña Ganchegui, diseñaba un entorno, en granito rosa, que se extiende bajo la falda del monte Igueldo, en cuya cumbre se vislumbra el Parque de atracciones que lleva ese mismo nombre, descendiendo hasta llegar el mar. Parece que la piqueta ha respetado esa ladera que hoy en día solo se ve cubierta por la vegetación, una vegetación que se acerca hasta esa plaza, besando sus bordes, cuando no invadieron el espacio, por donde se mueven los turistas, ansiosos de cruzar este espacio, que da paso al lugar donde reposan las esculturas de Chillida.

Lo cierto es que pese a ser un vestíbulo, Ganchegui haría de éste su obra cumbre, en la que con una cuidada elección de materiales, consiguió una plena integración en el entorno, con el cual armoniza, aprovechando las paredes de roca que ascienden desde el mar, dibujando las mismas hondas que podemos contemplar en las mareas bajas, un espacio aterrazado, por el que aunque en ocasiones resulte difícil moverse por la rugosidad de los adoquines empleados, sin embargo, permite el paseo y abre una puerta a la contemplación del cantábrico que se abre ante nosotros.

Desde la entrada iremos avanzando poco a poco, llegando finalmente al conjunto escultórico. Antes no obstante a nuestros pies, siete formas en esa misma piedra, se elevan apenas lo suficiente para distinguirse del resto del suelo, siete figuras que simbolizan en su número las provincias, españolas y francesas, en las que se usa el eusquera, en mayor o menor grado, incluyendo dentro de las que se encuentran a este lado de los Pirineos, la hoy Comunidad Autónoma de Navarra.

En el centro de cada una de estas formas geométrica, un orificio, por los que el aire sale despedido, produciendo un efecto de sonido similar al ulular de una sirena, este es un efecto que se produce cuando sube la marea, de muy sencilla explicación.

Junto a la costa, hoy quebrada, aún podemos contemplar la salida de las aguas de una pequeña regata que atraviesa el barrio del antiguo, la mayor parte del recorrido lo hace bajo tierra, aunque si alguien tiene la curiosidad de conocerlo lo puede visitar, para ello, solo tiene que desplazarse hasta la cercana facultad de Psicología, en cuyas inmediaciones, está en único tramo visible del mismo a su paso por San Sebastián. En ese punto se mete bajo tierra, desapareciendo hasta su salida al mar, una regata que apenas lleva agua, pero cuyo desagüe cuando se construyó esta plaza se mantendría.

En la parte superior del mismo se abrirían esos orificios por los cuales hoy sale el aire, es como el surtidor de las ballenas, al subir las mareas, el agua que entra impetuosa empujara el aire hacia arriba, saliendo por esos conductos, el peligro de este invento es cuando junto al aire, sale expelida parte de esa agua o cualquier pequeño objeto que pueda flotar en la misma.

En la actualidad, con parte del conducto derruido, es menor la cantidad de agua que entra por él, y más difícil que se produzca ese efecto de surtidor, el cual se limita a los días en que las mareas altas son muy fuertes, o cuando grandes olas, logran cubrirle interior del conducto hasta el techo empujando el aire hacia el exterior, produciendo ese embrujador aullido, en el que en algún tiempo, hubo quien pretendió escuchar una antigua melodía.

el peine del viento

El Peine del Viento es una composición escultórica, en la línea de trabajo de Chillida, que años mas tarde recogería, la mayor parte de su obra en un Museo en las cercanías de esta ciudad, una finca, por cuya extensión se distribuyen algunas de las obras de este prolífico escultor, que en el caserío, del cual salen los visitantes, muestra sus bocetos y obra pictórica, una obra que como en el caso de estos tres elementos, se integran en el paisaje del que con el tiempo, han pasado a formar una parte inseparable, alzándose sobre las rocas, en las que en otro tiempo las gaviotas se posaban, contemplando el ir y venir de las olas.

Frente a él, en el Paseo Nuevo, en el lugar donde antaño se levantara una pequeña Ermita dedicara a la Virgen del Carmen, un amigo de este escultor Oteiza plantaría hace relativamente poco tiempo una de sus obras, una de las pocas de gran porte de este escultor que podemos disfrutar en nuestra comunidad. Tal vez el tiempo cumpla el sueño de que en el otro extremo del litoral donostiarra, se alce una escultura que de digno remate al tramo de costa, en el que la ciudad se asoma al mar. Lo que es ahora el Peine del Viento se ha convertido, puede que en una de las mas conocidas tarjetas de visita de esta ciudad en el mundo.

En definitiva este es otro de los lugares de visita obligatoria si os pasáis por San Sebastián. A nosotros nos gustó mucho tanto este sitio como la ciudad en general, quedamos encantados y seguramente volveremos de nuevo. Un sitio único que merece la pena visitar.

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