La Concha es una de las playas más famosas que tiene San Sebastián. Es bastante larga tiene un kilómetro y medio mas o menos de longitud. Tiene una arena muy fina al igual que las otras playas que hay en esta ciudad. Estas playas están bañadas por el mar Cantábrico.

Esta playa lleva el nombre de La Concha por su forma, además al tener su bahía esa forma de concha el oleaje que recibe es moderado.

Desde la playa de La Concha tendréis unas vistas de la isla de Santa Clara y del Monte Igueldo.

La Concha y su entorno

Hace unos tres años, procedente de Irún, donde había estado cerca de tres meses por motivos de trabajo, y sobrándome unos días de asueto, decidí pasarme por San Sebastián. Pero me detuve un par de días en el valle de Oyarzun, cuna de aitzcolaris y tripatzai, para oír los relatos sobre héroes legendarios, como el que hace alusión al forzudo Sansón, que la leyenda sitúa en las peñas de Aya.

Por lo visto este personaje bíblico se dedicaba a apedrear a la población de Oyarzun lanzando enormes bloques de conglomerado pudinga a honda desde las alturas, faena de la que aún quedan testigos en las piedras que coronan la cresta de Urkabe , sobre el casco del pueblo.

Para jugar a los dados o a las tabas (buxtarri que se dice allí), se dice que Sansón empleaba piedras de idéntica naturaleza y proporciones, una de las cuales, enorme, se conserva en una ladera del propio Urkabe por el lado que mira a Rentería.

Playa de La Concha, ¿dónde está?
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Allí también se nos habla de personajes fabulosos que animan con su misteriosa presencia la soledad de Ayako arriya. Entre ellos, la muy principal, Puya´ko Maya (la Maya del Puy), personaje femenino que viene a ser una réplica pirenaica de la Dama de Amboto (Mari Urruka) en Vizcaya o la de Murumendi (Mari Muruko) en el Goyerri guipuzcoano.

La fantasía atribuye a la Maya un fantasmal viaje de la montaña a la mar en primavera y su regreso en otoño. Se la ve pasar por el aire, rasando la montaña, en forma de una hoz en llamas, por lo que se la conoce con el nombre de “sugarra”.

De la vieja Oeasón, de origen etimológico en oyar u oyan, equivalente a bosque, a la actual Oyarzun, apenas se ha notado evolución en las costumbres relacionadas con su carácter festivo y gastronómico. De antaño se revela en el valle la afición a los toros y al juego de la pelota, que se prohibía únicamente durante los Divinos Oficios. Oyarzun ha sido cuna de pelotaris desde que en 1749 se edificó la Plaza de Madalensoro, punto de cita de la región y universidad pelotarística.

El llanto ancestral se deja oír en lo profundo del valle. Como siempre que el bertsolari actúa, el pueblo se agrupa en torno suyo y presencia su canto, su recital, su justa poética. Oírle es acercarse a épocas pasadas porque el vasco es la prehistoria de nuestro pueblo y los bertsolaris, su tradición oral más pura. Es el poeta juglar que surge del pueblo, que improvisa cuanto quiere decir y lo dice cantando. Son los hermanos mayores de los tamboriteros, la manifestación de lo primitivo, padres de los íberos, cuyo eco lejano se conserva en estas voces versificadas.

Los bertolaris hablan, recitan como autómatas historias peregrinas de este pueblo que en el siglo XVI se creía descendía de Tubal, nieto de Noé, con ademanes y gestos que recuerdan al hombre de la tribu indígena que pobló aquel inmenso bosque que daba forma al norte peninsular.

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Los vascos de la montaña viven de forma vertical. Entre el perenne verdor y la frondosidad de sus campos, se cuelgan como equilibristas que desafían las leyes de la gravedad. Viven como piensan, verticalmente: trabajan de forma vertical, comen de forma vertical y casi se podría pensar que hasta hacen el amor en posición vertical.

¿Qué por qué lo hacen todo de manera vertical?. Muy sencillo: Son, en sus orígenes, verticales. Un hombre es vertical cuando vive de forma perpendicular al horizonte y se sienten así porque fueron de la playa a la montaña.

Los primeros en perder su verticalidad fueron los pescadores. Buscaron el amparo del puerto y la templanza del clima de la costa con su radiante horizontalidad, percibiendo su verticalidad al descender al llano respecto al hombre de la montaña.

Iba ensimismada en estos pensamientos mientras los verdes montes y las rías multicolores dejaban su apretada silueta en los cristales de mi coche, cuando el sol, entre nubes, prolongó el horizonte marino, camino de la capital guipuzcoana

El éxito de esta ciudad está en que ha conseguido mantenerse aislada del gran cinturón de hierro que la cerca con su progreso industrial, conservando su tipismo de antaño, su cuidada fisonomía, su buen sabor de siempre.

La ciudad es la playa de la Concha, los multicolores bañistas que se acogotan en su arena buscando el rayo de sol que juguetea entre las nubes. Es su highland de altas montañas que la cierran y la encierran con verdes praderas suspendidas de los montes Igueldo, Urgull, Ulía, casi verticalmente sobre la mar. Porque este pueblo intenta vivir todavía en sus caseríos, cultivando maíz y hortalizas en vertientes inverosímiles, junto a acantilados y profundos valles, apenas inaccesibles.

En Igueldo, los niños cabalgan a lomos de enjaezados ponis, mientras las niñeras hacen guardia junto a la barandilla de la terraza-mirador, balcón de la ciudad. Los provincianos suben en el funicular o los turistas utilizan sus máquinas ante paisajes de tarjeta postal.

La ciudad surgió al cobijo del Urgull, antigua fortaleza. Su castillo de piedra lo habitó el rey Francisco I de Francia. Monte con carácter bélico, se conserva en su museo la espada del último rey moro Boabdil.

Pasear por la playa de la Concha a la puesta de sol es algo único, sosegante a la vez que hermoso: dejar sentir la brisa sobre el rostro, cargada de salitre y aromas profundos, mensajes abismales de la escama, anacarados y fosfóricos.

Los viejos tamarindos han muerto víctimas del progreso, la falta de espacio. Fueron sacrificados para hacer bajo sus raíces un aparcamiento. Otros nuevos ocupan su lugar, entre los palacios Real y Municipal, a ambos extremos de la playa que se da la mano con la de Ondarreta.

La Concha es el prestigio de la ciudad. Es más que una playa, es paisaje urbano, lugar de recreo en verano y de cita en invierno. Balcón al infinito que relaja cuando la vista se apoya en el horizonte marino.

A su largo paseo afluye la muchacha dominguera, el forastero de tierra adentro, el melancólico, el solitario que busca la quietud del atardecer y que adormece los sentidos con su eterno murmullo. Porque el agua, ya en La Concha, no es mar ni océano, es parte integrante de la ciudad convertida en agua agonizante, estrangulada por la Isla de Santa Clara y los espigones del puerto. La mar es la ciudad.

playa de la concha

Sus arenas blancas y sus aguas transparentes se reflejan en las casas que la circundan. Desde la Parte Vieja hasta la Cuesta de Aldapeta, reciben su mensaje más allá de las gigantescas olas que rompen en el Paseo Nuevo.

Pero la ciudad es sobre todas las cosas, su Parte Vieja, un conjunto de calles que nacen entre el puerto de pescadores, Urgull, y el boulevard con siglo y medio de existencia. Viejos comercios, tascas, bares y restaurantes propios para el chiquiteo. De difícil tránsito los atardeceres lluviosos y melancólicos, que cuenta con sus aficionados de siempre.

San Sebastián, pueblo vasco, amante del buen yantar y cantar, tiene una curiosa y buenísima gastronomía.

El casco viejo tiene su iglesia marinera, Santa María, barroca, en la que se venera la Virgen del Coro, patrona de la ciudad. La vida cambia su rumbo hacia Amara, zona residencial de modernos edificios. Lo viejo y lo nuevo; el ayer y el hoy hacen de San Sebastián capital veraniega desde que en 1887 la reina regente, María Cristina de Habsburgo, la eligió como tal, faltando una sola vez en cuarenta y dos años.

Servicios de la Playa de la Kontxa

Esta playa esta abierta desde el 15 de junio hasta el 15 de septiembre, bueno abierta esta todo el año pero en estas fechas es cuando podréis encontrar socorristas y todos los servicios de limpieza y demás a vuestra disposición.

En la misma playa hay duchas que podemos usar para quitarnos un poco el salitre del cuerpo.

También hay toldos con sillas, estos toldos tienen historia muchos de ellos pasan de generación en generación. Los toldos también puedes alquilarlos por toda la temporada si esta en primera fila sale 290 euros, en segunda fila 261 euros y en tercera fila y siguientes te sale 222 euros. Si alquilas los toldos a diario te salen a 12 euros.

Las sombrillas que hay también se pueden alquilar por temporada la más cara que la de primera fila te sale 354 euros, en segunda fila te sale 330 euros y en tercera fila y siguientes te sale 303 euros. Si alquilas la sombrilla por día te sale a 16 euros.

También hay carpas y esas tienen todas el mismo precio 605 euros por toda la temporada de verano. Si alquilas las carpas por día te salen a 20 euros diarios.

La información sobre los precios de estos servicios que podemos encontrarnos en la playa de La Concha la he sacado de la web del ayuntamiento de Donosti. También podéis encontrar en esta web el precio por el uso de otros servicios de que dispone esta playa.

En los meses de verano podemos encontrarnos plataformas en el mar a poca distancia para que los niños jueguen, como en muchas playas de nuestro litoral.

En esta playa también hay un balneario de agua marina y hace poco vi un reportaje en el que nos decían que por unos 24 euros tenías un tratamiento en el balneario.

El paseo marítimo es una belleza con su farolas y su barandilla y llega hasta la playa de Ondarreta. Es un lugar típico para pasear si vas a esta bella ciudad.

En esta playa sea invierno o verano siempre hay personas que se bañan en ella, son personas que llevan haciéndolo toda la vida.