Hoy vuelve a tocar capítulo sobre mis aventuras calasparreñas, y es que tras unos 5 días por esas tierras casi soy murciana de adopción y mis «s» finales van desapareciendo convirtiéndose en un sonido neutro prolongación de la vocal que las precediera.

Aunque la información que necesitáis está en la web de la organización y en la del Ayuntamiento muy bien explicada y jalonada con fotos tras cada pequeño párrafo os ofrezco mi visión personal con mis propias fotos y vídeo de la pequeña aventura que tuve con mis amigos.

Como no, el nativo reservó plaza con antelación. Al llegar a media mañana sólo teníamos la posibilidad de hacer el trayecto breve y apacible, el de los abueletes, hora y media, 6Km, 16€ y mucho paisaje del que disfrutar.

El trayecto es sinuoso, empieza en una estrecha zona cerca de Calasparra en la que el Segura es flaqueado por cañas para abrirse un poco y situarnos en las entrañas del Cañón Almadenes para terminar ante la Presa de la Mulata, fin de nuestro recorrido e inicio del término municipal de Cieza.

Creo que el primer deber es quitaros el miedo a “la caló” del sur, el trayecto corto que realizamos empieza entre unas cosas y otras pasadas las 5 y media de la tarde y aunque era un 22 de agosto en el río se estaba la mar de bien, corría una brisa fresquita y no daba el sol directamente en ningún momento.

En segundo lugar reseñaros lo que más me impresionó. Eso fue sin duda encontrarme dentro de un cañón, algunos sabéis de mi gran afición al western, en algunos momentos de silencio puedo aseguraros que me puse tanto en el papel que no me habría sorprendido ver un indio aparecer a lomos de un caballo y le habría disparado una certero tiro de cámara para explicaroslo, pero no se produjo.

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Nos subimos a una barca hinchable, en la que debíamos ir una decena o docena de almas dispuestas a la gresca (hay que ver lo que reímos todos, muchas veces fruto de la histeria, eso hay que reconocerlo, los primerizos tuvimos nuestros momentos de “ay ay ay”).

Uno de ellos remaba cuando el otro decía “remad la izquierda” y cuando lo pedía a los de la derecha, “la otra derecha” le puntualicé una vez”.

El “Jose, tú no reme” (recordad, ahora estamos en Calasparra, la “s” final es muda)” se repitió bastante y me acordaba del “tú no, que te caíste en la marmita de pequeño” que le decían a Obélix, y venga a reír. También se oyó mucho el “para, para” y es que hay que ver la energía que tiene este hombre, y con un remo amarillo más grande que yo cualquiera le lleva la contraria.

Como la guía de la otra barca distribuyó los remos entre los hombres y la chica a la que vio más decidida, a la que se notaba atemorizada a la legua, quedó libre para disfrutar del aire puro y el paisaje.

En el primer tramo vimos corrientes de agua llegando a alimentar al Segura y nos explicaron que procedían de los arrozales.

Recordad que en Calasparra tienen arroces con denominación de origen. El porqué me saben mejor allí que en casa puede tener dos motivos, que el cocinero de “Los Viveros” tiene más tino que una servidora (por cierto, he ido dos veces y no tengo su tarjeta …) o el agua, aunque más bien creo que se debe a la compañía.

La sorpresa de encontrarme pequeños recuadros de arrozales anegados en el interior, en un clima mayormente árido a finales de mayo fue eclipsada por la belleza de ver los mismos cubiertos de espigas verdes en agosto y quizá aun estén más bellos en septiembre cuando el dorado de su madurez compita con los rayos del sol.

Estoy divagando, en fin, mientras yo seguía esas corrientes de agua y mi mente volvía a los arrozales algunos descubrieron tortugas descansando al sol sobre piedras y entre cañas en las márgenes del río, siento no haberlo compartido ni tener fotos de ello, me despisté.

rio segura

Pasamos también por un mirador para los que hacen la ruta a pie que creo que lleva a la Cueva de los Monigotes, con pinturas rupestres esquemáticas, pero no estoy segura.

Uno de aquellos espacios que los ves y con ellos la foto que va a salir apareció de golpe a nuestra derecha, una cueva a ras de agua, os pongo la foto con Ros remando en primer término.

El único edificio que recuerde en todo el recorrido fue la antigua Casa de la Maestra, el tiempo va derruyéndolo con total naturalidad, ya casi no queda rastro de la techumbre.

Casi al final del recorrido observamos un cable de hierro del que en tiempos pendía una vagoneta que sirvió para el extraperlo durante la guerra y para disfrute de la juventud lugareña hasta hace poco.

Y pasado el último recodo ya oímos el agua, era la Presa de la Mulata, no habíamos visto nutrias, pero en ese momento poco me importaba, estaba cerca, muy cerca, pero no caímos por ella por lo tanto, fue una buena experiencia que como digo en el título me gustaría repetir más adelante disfrutando del trayecto largo y en kayac, eso sí, bien acompañada por un remero experto, tampoco me he vuelto valiente de golpe.