Otro fin de semana y otra oportunidad para seguir conociendo distintos rincones de España. Esta vez hablaré sobre Valladolid, que nos sitúa a 189 kilómetros en dirección noroeste desde Madrid.

Una oportunidad única de conocer una de las capitales españolas con más solera por su historia, además de ser una ciudad fácilmente visitable en un día.


Dirección a Valladolid

Llegar a Valladolid desde Madrid es bastante fácil, ya que la gran parte del camino lo haremos sobre la autopista AP6 o la autovía A6.

Aunque la autopista es de peaje, merece la pena encarecidamente ya que la autovía requiere cruzar los puertos y aunque es una carretera bonita, es más lenta y a veces más peligrosa. Finalmente existen dos desviaciones posibles: la primera es dirección Segovia, donde la carretera es nacional y exige cruzar una circunvalación.

A pesar de esto es la mejor opción, ya que no suele haber nadie, es rápida, carece de radares y además nos ahorramos 3€ del peaje. La segunda opción es coger la desviación a la altura de Tordesillas y continuar por la autovía A62. Este camino es mucho más cómodo en cuanto a la carretera, es un poco más rápido y el peaje hace un total de 10€. Con cualquiera de las opciones será fácil seguir los carteles hasta el centro.

Una vez allí para aparcar tenemos tres opciones: buscar un parking céntrico y dejarlo el tiempo que haga falta, buscar por el centro sitio y pagar por ser zona azul o la última es aparcarlo por la Universidad (a la altura de la calle Ramón y Cajal) que es gratuito y está a diez minutos del centro.

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Nos vamos de pinchos

Por la hora que era, vimos que la mejor opción era empezar nuestra ruta de tapas que traíamos preparada. Valladolid se caracteriza por ser una ciudad, donde el centro está muy concentrado y todo está al alcance desde cualquier otro punto. Ir de tapas por Valladolid es una orgasmo en el paladar, creo que es una de las ciudades donde más he disfrutando saboreando este castizo arte, como es el tapear. Mi recomendación es no dejarse seducir por el primer bar al que entremos, porque no estaremos perdiendo el resto de ellos.

Mi consejo sin embargo es disfrutar con cada copa de vino y tapa que te tomes en un bar, saborear la fusión de ambos gustos y cambiar. La ruta que os voy a exponer intenta combinar distintos estilos, empezando creo por el más artístico y terminando por uno en el que sacias tu hambre definitivamente.

Comenzamos nuestra ruta en el Bar Jero (calle Correos, 11). Este bar se caracteriza por estar repleto siempre de gente, pero fundamentalmente por se candidato a ganar cada año el consurso de tapas. Nada más entrar empiezas a entender esto, el mostrador inspira la sensación de estar en un museo de aromas, colores y formas. Bandejas repletas de placer para el paladar, un sinfín de ingredientes magistralmente seleccionados que te hacen impensable moverte de allí sin haber probado todo. Por todas partes tendremos la oportunidad de leer los carteles que nos indican las distintas tapas que ya de por sí la vista nos ha hecho estar convencidos.

Lo primero que merece la pena remarcar, es que el vino tinto que ponen por defecto es muy bueno. Si no buscamos algo especial, con este estaremos más que satisfechos, haciendo ver que también son una región de vinos. Para comer tuvimos la ocasión de degustar dos tipos de pinchos, el primero se denominaba ¡El Rajao! y era una combinación de queso de cabras a las finas hierbas, con morcilla, pistachos y algún tropezón que fue el pincho caliente del 2010. El segundo se llamaba Campesino y los ingredientes eran morcilla y manzana confitada. Puedo asegurar que ambos eran orgásmicos, hacía mucho tiempo que no veía una combinación dulce-salada tan perfecta y bien conseguida. No me cabe duda, de que cualquiera que os pidáis allí os va a satisfacer completamente.

Totalmente convencidos de que iba a ser un gran día, nos dirigimos hacia nuestro siguiente punto: La Tasquita (calle Caridad, 2), especialistas en Solomillo a la pimienta o al roqufort que desgraciadamente estaba cerrado, sin problema hay muchos más en la lista. Cerca de éste se encuentra La Parrilla Vinotinto (Calle Campanas, 4). Éste difiere del primero notoriamente, aquí destaca en su esplendor las carnes y los embutidos. De techos altos, veremos a la izquierda una parrilla de carbón donde hacen a fuego lento todo tipo de carne y pescado de manera totalmente tradicional (había un entrecot de buey que bien podrían comer de él tres personas). Como vamos de tapas, aparte del vino tinto (también de calidad aceptable el que ponen por defecto), nos pedimos un pincho de cordero. Y vaya sabor, jugoso, tierno y pleno de sabor, una auténtica forma de saborear la carne de este animal. También tienen tortilla de patatas y otros pinchos, aunque no destacan tanto como en el primer sitio. Es una opción preferentemente para comer o cenar, ya que tienen menú muy asequible y los precios de las carnes son bastante aceptables y de tamaño y sabor (esto último por lo que me han contado) no se quedan atrás.Con el ardor del vino un poco más subido, continuamos nuestra ruta con el pensamiento de que tapear por Valladolid es maravilloso.

Siguiente parada Bar El Corcho (siguiendo recto y girando a la derecha desde el anterior en calle Correos, 2). Es un bar muy pequeño, donde la gente se agolpa en donde puede. Veníamos con la recomendación de pedir dos productos concretos: el bacalao y las croquetas, así que eso hicimos. No debíamos andar muy descaminados porque todo el mundo pedía lo mismo, incluso para llevar y salían constantemente bandejas de estos dos y rápidamente se acababan. Y no les faltaba razón, creo que son las mejores croquetas que he probado nunca, con una cremosidad y un sabor sobradamente auténtico y bien conseguido. Y el bacalao rebosado, aunque no soy muy de este tipo de fritos, merece la pena sin duda probarlo porque también conserva el sabor del bacalao bien cocinado. Otro acierto más, tercera copa de vino tinto (por defecto, de una calidad aceptable) y la felicidad empezaba a rebosar los cuatro costados.

Tras éste, decidimos ir a un último y terminar allí de comer cambiando ahora a vino blanco, para degustar un Rueda, característicos de esta tierra. Destino a La Taberna del Herrero (girando la siguiente esquina en calle Calixto Fernández de la Torre, 4). Nuevamente, y se repetía en cada sitio, la gente vallisoletana se echa a los bares para tapear los fines de semana, algo que es totalmente comprensible.

Por el elemento común que se repetía en cada mesa, parecía que el plato estrella eran las patatas revueltas, así que haciendo caso del saber popular no quisimos perder esta oportunidad. Pedimos una con chorizo y otra con jamón serrano y sin duda era un plato bastante apetecible, sin ser aceitosas las patatas y con los huevos y los embutidos bien seleccionados. El vino blanco también estaba muy bueno, así que excelente forma de terminar nuestra ruta gastronómica.

Si todavía os quedáis con ganas de más, en mi lista estaban otros a los que no tuve oportunidad de acudir, pero que os dejo sus nombre ya que también me los habían recomendado: La Tasquita que estaba cerrado, Los Zagales de Abadía (calle Pasión) y la Parrilla de San Lorenzo, éste ya es modo restaurante para comer muy bien por un precio más elevado.

Turismo por Valladolid en un día

Tras la fantástica media mañana de comida y vino, tocaba visitar la ciudad caracterizada por ese ambiente castellano en todas sus calles. La primera de las visitas recayó en la Plaza Mayor que se encuentra en pleno centro de Valladolid y que destaca por su amplitud, algo característicos de las plazas mayores españolas. Como hacía buen día, nada mejor después de comer que tomar un café en una de las terrazas que se encuentran en dicha plaza. Lo más destacable de esta plaza es la Casa Consistorial que acoge el Ayuntamiento de Valladolid en la actualidad con una torre donde se encuentra situado el reloj. En el centro de la plaza nos encontramos la estatua a Pedro Ansúrez, conocido como el repoblador de Castilla. En la mano derecha sujeta el pendón de Castilla.

Si seguimos recto nos vamos a encontrar con una peculiar plaza, conocida con el nombre de Plaza de la Rinconada o Plaza de Correos, por encontrarse el edificio de Correos en una esquina. Su nombre, depués de preguntar a la gente de lugar, es porque en este lugar había varios rincones con posadas que eran frecuentadas por paseantes sin oficio, borrachos y mujeres de mala vida. Uno de los rincones lo ocupa el edificio de Correos y cerca tenemos el Bar Jero, que para mí es el mejor de Valladolid. En el centro de la misma y como culmen a esta bonita plaza, nos encontramos la Fuente de los Colosos, esculpida por Pedro Monje y en la que vemos a dos carneros de bronce y dos figuras humanas que simulan sujetar mediante la fuerza a dicha fuente.

Proseguimos el camino y nos topamos con el Mercado del Val, el más antiguo de la ciudad y único que se conserva. Corresponde al mercado central, construido totalmente de hierro y que permite conservar esa tradición tan especial de España y que desprende tanta cercanía en el proceso comercial. En frente, del mismo se halla la que para mí es la Iglesia más bonita de la ciudad, el Monasterio de San Benito, situado en la plaza con el mismo nombre. De estilo gótico, al entrar sorprende su grandiosidad y el acabado de sus paredes, característico de este estilo. Denota que fue construida con mucho poder y dinero y que tuvo que ser de gran importancia, lo cual no sorprende cuando la orden benedictina se encuentra detrás en esta época. A pesar de ser muy diáfana en su interior, sorprede su pórtico de entrada a la propia capilla, muy detallado y bien acabado. El retablo no destaca por su ostentosidad, pero sí por su belleza. Sin duda, es una visita obligada, donde merece la pena entrar.

Si seguimos caminando por la Calle San Benito, seremos capaces de contemplar preciosas casas que rodeaban a la Iglesia y que nos hacen ver la clase social que las habitaba. De hecho, al final nos encontraremos con uno de los patios del propio monasterio, el Patio Herreriano que en la actualidad corresponde al Museo de Arte Contemporáneo. Con 11 salas, sus obras proceden de empresas y colecciones privadas y su principal autor es Ángel Ferrant.

Seguiremos por la calle San Ignacio dejando atrás el Museo del Monasterio de Santa Isabel y el Convento de San Agustín, para llegar al Palacio de Fabio Nelli. Se trata de una obra renacentista del siglo XVI construida a la par por el banquero Fabio Nelli y el arquitecto Pedro de Mazuecos. Entrar en él nos hará tener una perspectiva del estilo palaciego vallisoletano, representado en su máximo esplendor por su estilo, su fachada clasicista y sobre todo su patio interior. También destaca su Museo donde podremos encontrar representada la historia de la ciudad de Valladolid.

Justamente al lado, escondida y sin mucha notoriedad se encuentra la preciosa Plaza de Viejo el Coso, donde se construyó la primera plaza de toros de la ciudad. Actualmente los palcos corresponden a casas y el ruedo a un patio central, conformando una plaza sin más, pero que no deja de llamarme la atención su reutilización de manera tan óptima sin perder la belleza de la construcción que un día fue y significaba. Giramos a la derecha en nuestra ruta y bajamos la Calle San Quirce para llegar a la majestuosa Plaza de San Pablo y a su todavía más preciosa Iglesia de San Pablo. De estilo gótico isabelino, se nota en su recargada fachada y en su interior. Con una única capilla, representa una arquitectura muy bien trabajada donde se nota la importancia de la misma, por su ubicación y por la orden que la dirigía, los dominicos. Junto a ella se encuentra además, el Palacio Real, el Palacio de Pimentel, el Palacio del Conde de Gondomar, el Museo Nacional de Escultura y la Casa Museo de José Zorrilla, uno de los personajes más famosos de la ciudad y en donde queda representada su vida y donaciones personales, junto a un precioso patio.

Bajando por la calle de las Angustias, llegaremos a la Iglesia de Santa María la Antigua, que combina los estilos góticos y románico en su torre. Sin duda, vista desde la Plaza de Portugalete es una auténtica maravilla y se puede observar cada uno de sus detalles, su ábside, su pórtico de entrada y su fachada al completo con su torre lateral. Seguimos bajando para encontrarnos con el Teatro Calderón, el más representativo de la ciudad.

Acto seguido habremos llegado a la Catedral, que para mí fue algo decepcionante, aunque tras explicarme los porqués comprendí que fuera mucho menos importante que las Iglesias mencionadas anteriormente. Y es que su arquitecto, la dejó sin terminar por la falta de recursos y para irse a construir la famosa Catedral de León. Su interior no es nada grandioso y fácilmente es equiparable a la mayoría de las Iglesias que se encuentran en nuestras ciudades. Su retablo y la Capilla Mayor sí merecen la pena verlos con detenimiento.

En frente, se encuentra la Fachada de la Facultad de Valladolid, de estilo barroco y que llama la atención por su solera y antigüedad. En su exterior se encuentran las estatuas de los cuatro reyes que favorecieron la Universidad en esta ciudad. En la actualidad acoge la Facultad de Derecho y por la zona tenemos las facultades de la Antigua Universidad, nada que ver con el nuevo campus, algo más alejado del centro.

El siguiente emplazamiento es la Plaza de Santa Cruz, donde destaca el Palacio de Santa Cruz, primera obra renacentista de España y sede del Rectorado de la Universidad de Valladolid en la actualidad.

Para acabar el recorrido de la ciudad y cerrar el circuito por el casco histórico, cabe destacar pasear por la Acera de Recoletos, que va desde la Plaza de Colón hasta la Plaza de Zorrilla y que constituye la gran arteria de la ciudad. Es comparable a las anchas calles de cada ciudad española, como la Castellana, aunque salvando las diferencias.

El Parque del Campo Grande, la Casa del Príncipe, la Casa Mantilla y algunos conventos podrían ser los elementos más destacables de este precioso y singular paseo. La Acera de Recoletos, concluye en la plaza homenaje al más importante personaje de la ciudad, José Zorrilla. Subiendo la Calle Santiago y quizás visitando el Museo de San Joaquín y Santa Ana, concluye nuestra visita a la ciudad, que aunque pequeña, llena de sitios que visitar.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, nunca mejor dicho, terminé visitando este río donde me llamó la atención como es utilizado como una pseudoplaya en la que dudo que nadie se bañe, pero donde se puede ver gente en su arena. Según me cuentan en verano se llena de gente y destaca su chiringuito situado en la mitad, donde comer pescaito frito al más puro estilo de mi tiera, aunque dudo que con el mismo contraste. Una antigua y personal costumbre que poseo es visitar los estadios de fútbol de cada ciudad, aunque el de ésta no destaque especialmente. Se encuentra situado en la salidad hacia Madrid y lo considero como uno de los enclaves de la historia reciente de este deporte y me propuse entrar dentro.

Ese mismo día, en el Estadio José Zorrilla, se disputaba un partido de segunda división y eso no podía ser un impedimiento para entrar. Con mi habitual descaro me dirigí a los vigilantes y tras un rato de conversación me dejaron entrar un rato para grabar y fotografiar el estadio y de paso, sentir el calor de la afición en un evento real. Objetivo cumplido y volveos a Madrid, acabando nuestra aventura.

Conclusiones

valladolid

Como toda ciudad castellana, aunque siempre pequeñas se les saca un infinito partido a sus visitas, por su riqueza cultural e histórica y por la solera que desprenden.

Como hemos podido ver a lo largo del recorrido, no falta un ápice de interés en cada una de sus calles, rodeadas de historias individuales. La recomiendo encarecidamente como casi todas las ciudades de España, y para próximas visitas haremos un recorrido a sus pueblos, que también albergan elementos destacables.

Una ciudad que no es cara, que se puede ver rápido en un fin de semana o incluso un día y en la que comer se convierte en todo un arte y disfrute. No nos olvidemos de hacer el recorrido de tapas sin cegarnos en ninguno de sus bares para así poder probar distintos. Asimismo, el tiempo es cambiante por lo que conviene ir preparado.