Existe una región donde reina la belleza de lo elemental, donde con pocos elementos básicos se consigue un conjunto de gran singularidad. En Granada, los artistas que crearon la inimitable Alhambra lo consiguieron con materiales muy pobres: ladrillo, yeso, madera.

Correctamente trabajados, dieron a la luz un conjunto de gran belleza que hoy todo el mundo admira. Muy cerca de allí, manos también anónimas han logrado, a lo largo de siglos, crear todo un paraíso, rural y agreste, a base de pizarra, madera, launa y cal. Se trata de las Alpujarras. Así, en plural, porque son muchas, inagotables. Todo un universo humanizado en plena Sierra Nevada, que sigue asombrando a todo el que se acerca por aquellos andurriales.

Las Alpujarras, ¿En Granada o en Almería?

Poca gente conoce que casi la mitad de la comarca de Las Alpujarras se encuentra en la provincia de Almería. Y lo mismo sucede con el Parque Natural de Sierra Nevada, que avanza hacia el este nada menos que hasta Terque, cerca ya de Alhama de Almería y a un poco más de cuarenta kilómetros de la capital. La puerta natural de entrada a esta comarca es Berja, en el norte del Campo de Dallas, es por aquí por donde mejor se aprecia el enorme contraste entre la zona costera y las tierras altas de la provincia, en invierno cubiertas habitualmente de nieve en sus cotas más elevadas.

La Alpujarra almeriense reúne además particularidades que la hacen especialmente interesante. Buena parte de ella se sitúa, más en un valle, en un altiplano entre dos cadenas montañosas, Sierra Nevada, al norte, umbría, a pesar de que aquí ofrece su cara sur, húmeda y frondosa, y la sierra de Gádor, sombría y desértica, no obstante mostrar hacia este lado su cara norte, en algunas partes de la cual se han llevado a cabo hace algún tiempo repoblaciones de pinos. A medida que se avanza hacia el este, el secarral va imponiendo poco a poco su criterio.

Por Fondón, el Andarax todavía lleva agua la mayor parte del año. Luego ambas sierras se tornan particularmente escabrosas, el antiplano deja paso a un valle y el valle, poco más adelante, a una estrecha garganta, la rambla que poco a poco y a fuerza de avenidas ha conseguido formar el río a lo largo de los siglos. Pero quizás por ello el paisaje resulta aún fascinante. Los pueblos, Beires,Ohanes, el de la uva famosa, Padules, Canjáyar parecen posados en las faldas de los montes, como grandes pájaros tan blancos como la propia nieve del invierno, y a su alrededor las paratas o terrazas que el hombre, en competencia con el Andarax, ha ido labrando en la montaña para plantar en ellas sus cultivos.

Almería tiene fama de provincia desértica, y es verdad que el desierto ocupa buena parte de su territorio, pero el paisaje almeriense es también sumamente variado. A partir de Alcolea, por encima de Berja, da la impresión de que se entra en un mundo diferente. Para el que llega del secano resulta particularmente grato encontrarse con tanto verdor en las laderas de los montes. Aquí hay mucha agua y los cultivos florecen. Hay grandes manchas de olivar del que en las varias almazaras de Alcolea se obtiene un aceite finísimo

Las Alpujarras, ¿dónde está?
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Ruta por las Alpujarras

Hace unos días nos decidimos a recorrer la Alpujarra granadina (dicen que está en Almería, y no es mentira, pero es sólo la mitad, se comparte entre ambas provincias vecinas).

Comenzamos desde Órgiva, ascendiendo por la carretera de montaña que recorre toda la comarca de extremo a extremo, enlazando curvas interminables, pasando junto a pueblos minúsculos y escondidos como Cáñar, Soportújar y Carataunas. De repente, nos asomamos al impresionante barranco de Poqueira. Allí el paisaje se cerraba, estrecho y elevado, apareciendo ante nosotros los nidos de águilas que son los tres pueblos de este valle: Pampaneira, Bubión y Capileira, ya con la nieve de las altas cumbres de Sierra Nevada sobre él. Entre bosques caducos y con un fuerte ambiente invernal, llegamos al blanquísimo Pampaneira. Aparcamos en una de las cerradas curvas que la carretera traza trepando junto al casi vertical casco urbano.

Recorrimos el pueblo perdiéndonos entre el laberíntico entramado urbano tan singular de estas localidades (tanto, que al principio aparecimos como por ensalmo en un huerto y no teníamos por dónde salir, salvo dando media vuelta). Allí conocimos por primera vez lo que eran los terraos planos cubiertos con launa y bordeados por lajas y castigaderas de pizarra, coronados por singulares chimeneas. Desde la parte alta, el pueblo aparece como un conjunto de superficies grises (los terraos) entre las que destaca la iglesia, de ladrillo rojizo y cubierta con tejas, como único edificio con una arquitectura diferente.

También descubrimos los abundantes tinaos, o cobertizos, que cubren gran parte del trazado de las calles, haciéndolas confundirse a veces con espacios privados de las casas inmediatas, en una extraña sensación de recorrer ámbitos ambiguos. Me acuerdo de la medina de Tetuán, de la que escribí: «es un universo centrípeto de callejas de estrechez inverosímil que penetran, profundas y oscuras, bajo las altas casas que la asombran con continuos cobertizos y algorfas que ocultan al paseante de la luz del día. Las calles y los adarves se entremezclan, en mareantes trazados concéntricos y divergentes». Me sorprende cada vez más, a pesar de conocerlas mejor, esta unidad arquitectónica a uno y otro lado del Estrecho. Todo el pueblo está blanqueado por abundantes capas de cal, que unifican la arquitectura de pizarra y rollizos de madera.

Compramos una jarapa para nuestro sofá en una de las tiendas (es uno de los pueblos más turísticos, pero ello no resulta agobiante, pues el comercio se concentra en la parte baja y junto a la carretera) y descubrimos el agua cayendo en torrente por las acequias que pasan por el centro de algunas calles, todo un espectáculo.

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Nuestra ruta continuó por la estrecha carretera, pasando por Pitres y Pórtugos (todos con bellas estampas de su arquitectura cúbica y escalonada en simbiosis con el paisaje de pendientes aterrazadas) hasta ascender por el valle del río Trevélez, alcanzando el pueblo de este mismo nombre, uno de los más altos de España. El paisaje ya es totalmente de alta montaña, con la nieve a un paso. Trevélez es famoso por sus jamones, y yo adquirí una de estas piezas únicas, en una de las múltiples tiendas que jalonan la carretera. No paramos más en Trevélez porque se acercaba la hora de comer, así que continuamos. Más adelante, paramos para comer en el campo, nos apartamos de la carretera por un camino que parecía bajar hasta el río, y nos quedamos en uno de los bancales abandonados (o «paratas») de lo que antes eran cultivos, a montar nuestro picnic a la vista del blanco Trevélez y de las cumbres cubiertas de nieve de las montañas más elevadas de la Península Ibérica.

Más adelante, pasando Juviles, llegamos hasta Bérchules, donde descubrimos uno de los lavaderos del pueblo y otros detalles urbanísticos también singulares. Casi inmediato, a medio kilómetro, está Alcútar, un pueblecito minúsculo donde pudimos tomar un café calentito en el bar, junto a su chimenea, apetecible. Desde allí comenzamos a bajar. Poco después de la salida, pudimos contemplar una gran panorámica de Alcútar y Bérchules asentados sobre su paisaje de paratas verdes, interminables. Enlazamos junto a Cádiar con la carretera que recorre el valle del Guadalfeo por la vertiente contraria y a mucha menos altitud, volviendo en dirección opuesta de nuevo hasta Órgiva, cerrando nuestro amplio circuito (para ser sólo un día)

¿Cuándo merece la pena visitar Las Alpujarras?

las alpujarras

Cualquier estacion es recomendable para realizar la visita, la carretera es buena y sólo es necesario preocuparse, si es invierno, de la presencia de nieve, que puede exigir el uso de cadenas.

El puerto de la Ragua, por otra parte, aunque está ya en la provincia de Granada, es hoy una estación turística de primer orden, especialmente invernal.

Aún queda mucha Alpujarra, pero como entrante mereció la pena.