Lisboa en 2 días

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Me pongo a contaros, antes de que pase más tiempo, mi pequeña escapada a Lisboa, un fin de semana que ha dado para mucho y que nos ha abierto un poquito más la mente y nos ha permitido conocer esta preciosa ciudad que está tan cercana y tan lejana a la vez en nuestros pensamientos cuando decidimos elegir un destino al que viajar.

Lisboa ha sido siempre un destino poco llamativo para mí, he de reconocerlo, nunca me había atraído como para decidir de una forma absoluta ir hasta allí.

Pero como en la vida las ideas cambian (afortunadamente), en una de mis muchas divagaciones acerca de viajes, pensé que por qué no Lisboa, por qué no visitarla y confirmar si lo que decían dos compañeros cercanos sobre esta ciudad era realmente cierto. Y en fin, como suele ocurrir con estas cosas, que uno empieza a lo tonto a mirar, y acaba embarcada en un viaje del que ya “no hay escapatoria”, pues se tienen los billetes de avión, el hotel está reservado y hasta se tiene pensado qué se va a ver.

panorámica desde el Miradouro das Portas do Sol

Esta opinión por tanto la dedico a dos personas que abrieron mi curiosidad hacia esta ciudad, que me hablaron tan bien de ella, que pensé que cómo no se me había ocurrido antes visitarla! Además, ambas me ayudaron a planificar el viaje y me dieron consejos muy útiles sobre la ciudad, además de aportar valiosísima información sobre Lisboa a través de sus opiniones.

Y, ¿por qué la he llamado “La pequeña señorita”? Porque para mí Lisboa ha sido eso precisamente, una pequeña señorita, cautivadora y tímida a la vez, risueña y grácil, moderna, pero con un toque empolvado. Como una niña revoltosa y tranquila, así me resultó Lisboa.

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Os digo que ha resultado ser toda una sorpresa para mí, que esta ciudad me ha cautivado y me ha encantado, porque tiene duende y tiene magia, y eso creo que no se consigue por sus monumentos, ni por una gran lista de “cosas qué ver”, sino que es innato, lo lleva en sus calles, en la gente, en sus edificios, en sus miradores, en su quietud y su bullicio…

París me gustó, no puedo decir lo contrario, me pareció una ciudad llena de encanto, de diferencias en sí misma, de glamour y miseria, de exaltación. Roma me encantó, disfruté tantísimo en esta ciudad, que no tengo apenas ningún mal recuerdo, tan histórica, tan llena de rincones que aparecen ante uno de pronto y sin previo aviso, que te ves en pleno siglo XXI pero transportado hasta el siglo V a. C. sin darte cuenta, te envuelve en su historia y en sus ruinas y no puedes salir de esa espiral, aunque tampoco quieres.

Pero ahí está Lisboa, que a priori no atrae (la mayoría de la gente que conozco o bien no piensa o no tiene intención de ir, o no ha estado nunca), no parece cercana, no parece que tenga nada para embaucarnos, pero ahí está su embrujo, Lisboa en sí misma es atrayente y por eso resulta tan fascinante una vez que se la conoce.

La elección de Lisboa, como os digo, fue resultado de varias razones, pero las que más pesaron fueron: su cercanía, sus buenas recomendaciones y sus precios, que según leí, no eran caros. Todo ello unido a algunos ahorrillos y a las ganas, propiciaron un fin de semana precioso y lleno de buenos recuerdos.

Esta vez no voy a hacer una serie de opiniones porque sólo pasamos dos días en Lisboa y creo que en una opinión puedo explicar, más o menos, bien lo que vimos, así como nuestras sensaciones. Espero que os resulte útil esta opinión y siento la extensión.

Día 1: viernes

Puente en alcobaça

Teníamos los billetes desde hacía algo menos de un mes, esta vez los preparativos habían sido mucho menos premeditados, los compramos pensando sólo lo necesario (a veces estas cosas es mejor hacerlas lanzándose). Los billetes los compramos a través de la página de Easyjet, ida y vuelta por 89 euros cada uno. La salida era a las 15.15 el viernes y la vuelta a las 12.40 el domingo, con la ventaja de que en Portugal hay que atrasar el reloj una hora, así que eso que ganábamos en tiempo.

Salimos con media hora de retraso el viernes, de forma que llegamos casi a las 17 a Lisboa (las 16 hora local), y el trayecto es de una hora, bastante corto.

Nada más salir del avión, al no haber facturado, nos fuimos sin demora hasta la oficina de turismo y allí cogimos un mapa y nos informamos de que autobuses iban hasta la avenida Almirante Reis, donde se situaba nuestro hotel. Como ya os dije, para llegar hasta el metro de Arriero (a nosotros es el que nos venía bien) podéis coger el 5 o el 22, y de allí hacer trasbordo hasta donde tengáis situado vuestro hotel, si está más o menos, céntrico. También había un aerobús que nos llevaba por 3 euros hasta la misma zona a la que íbamos a llegar por nuestra cuenta en autobús, de forma que no mereció la pena pagar eso de más.

Transporte en Lisboa

Una vez que llegamos a la parada de metro, optamos por comprar la tarjeta ““7 Colinas”” que os recomiendo si vais a estar pocos días. Os la recomiendo por varias razones, entre ellas, porque su uso es ilimitado durante 24 horas para todo tipo de transporte público: metro, tranvías, autobuses y elevadores. Nosotros le sacamos mucho jugo porque nos movimos mucho en transporte público, así que nos salió estupendamente de precio.

Tras llegar al hotel y dejar las cosas, nos dispusimos a no dejar pasar más tiempo y nos fuimos directamente a coger el metro que nos llevó hasta la Vía Augusta. Perdonadme que nos os diga paradas, pero es que esto se escapa a mi memoria. Sé que salimos muy cerca de Rua Augusta, una zona muy transitada y comercial.

fachada colorida en barrio alto de lisboa

A pesar de que la tarde estaba nublada y hacía un poco de frío, tuvimos la suerte de que no nos llovió y pudimos pasear tranquilamente por la ciudad. Llegamos como os decía, a Vía Augusta, una calle peatonal cuyo final es una imponente puerta que se desemboca en la Plaza do Comérçio, con su estatua de Dom José I, erguida frente al Tajo.

En esta calle hay gran cantidad de comercios y tiendas, desde farmacias a tiendas de ropa como Zara o Stradivarius.

Caminando por esta zona, alcanzamos el elevador de Santa Justa, una impresionante estructura de varios metros que se alza en medio de pequeños edificios o casas altas. La verdad es que nos acercamos sin saber que era el elevador de Santa Justa precisamente, pero como nos llamó la atención, nos acercamos y decidimos subir puesto que su precio estaba incluido en la tarjeta “7 colinas”.

Elevador de Santa Justa en Lisboa

La cola era bastante pequeña, apenas esperamos. Yo no hubiera subido a no ser porque su estructura me pareció “segura” y en el propio viaje de subida no se veía nada. Me explico, se trata de una cabina de madera en la que cabrán 25 personas, quizás, no sé, no iba llena cuando nosotros subimos. Parece que estás subiendo en un ascensor antiguo, tipo Titanic. El funcionamiento del elevador también es bastante curioso, con una palanca hacia atrás y hacia delante, al más puro estilo retro. Eso de que no se ve nada mientras se sube es porque la cabina de madera va por dentro de la estructura de hierro del propio elevador, así que no vais a notar que suba mucho de repente (por si tenéis vértigo).

Una vez arriba las vistas son muy bonitas, sobre todo las vistas al Castillo de San Jorge. Pero no hay que olvidar las vistas de la ciudad de Lisboa y del Tajo. Merece la pena y más teniendo en cuenta que nos sale “gratis”. El elevador de Santa Justa enlaza Baixa Chiado con el Barrio Alto, al que accedemos saliendo del mirador y caminando hacia la ruinas del Monasterio y la Iglesia do Carmo. Las fotos de sus ruinas son un bonito recuerdo., a mí me gustó especialmente.

Elevador de Santa Justa

Justo en esa zona se encuentra el Museo do Carmo, pero nosotros no entramos porque nos apetecía más vivir el ambiente de la calle que meternos en museos en este viaje.Dimos una pequeña vuelta por el Barrio Alto y volvimos a bajar a pie hasta Chiado. Allí, callejeando, nos metimos por la Rua Trindade, donde yo me acordé de mi compi Itaca porque me había recomendando un lugar donde comer o cenar allí, la Cervercería da Trindade. Pero nos fuimos en dirección contraria hacia Chiado, llegando a la Praça de Luis de Caomes y de ahí a la Rua Garrett donde se encuentra la estatua del poeta Antonio Ribeiro ‘O Chiado’, y justo enfrente, el famoso “Café A Brasileira”, que reconocimos por la famosa escultura de Fernando Pessoa sentado en la terraza. Por supuesto, nos hicimos unas fotos allí, como unos turistas más. Decidimos tomar algo en la cafetería, pues el ambiente invitaba a ello, y es que Lisboa invita a sentarse, a relajarse, a tomar un café mientras se deja pasar el tiempo sin la sensación de estar perdiéndolo, ni siquiera cuando se tiene poco tiempo para ver la ciudad.

Un zumo natural de naranja y una cerveza nos salió por unos 6 euros. Eso sí, hay que sumar los 5 euros que nos sacó un vendedor ambulante, en fin, que cuidado con decir que sois españoles, que no sé porqué pero les dices que “No quieres nada” y te dicen: “¿De España?” y la has liado, porque éste nos soltó un rollo increíble y acabamos con tres pulseritas. En fin, que es lo que tienen estas zonas turísticas.

Tras descansar un pequeño rato, deambulamos por Chiado hasta bajar a la Praça do Municipio, donde se encuentra el Ayuntamiento e inmortalizar el trasiego de la plaza casi vacía en contraste con la gran cantidad de coches y tranvías (o eléctricos) junto a ésta.

Tranvía 28 en la plaza de comercio de lisboa

Desde ahí caminamos hasta la Praça do Comérçio, que estaba en obras y no tuvimos la suerte de inmortalizar debidamente, pero sí pudimos disfrutar de la puerta de Rua Augusta desde su otra perspectiva. Caminamos en paralelo a lo largo del Tajo y quisimos ir a ver la Casa dos Bicos, pero no dimos con ella y volvimos dando un rodeo hasta Rua de Garrett.

La zona que queda paralela al Tajo y toda la zona que está próxima a la Casa dos Bicos están poco iluminadas, y aunque habíamos leído que Lisboa no es una ciudad peligrosa, dimos la vuelta sin querer comprobar si estos era cierto. Aunque eso sí, hay mucho tránsito de coches y no se veía una zona abandonada, ni mucho menos.

Finalmente, adaptándonos a los horarios lisboetas, decidimos ir a cenar a las 20 horas (21 en España) que la caminata nos había dejado bastante cansados y hambrientos. Llegar hasta la Cervecería da Trindade no resultó demasiado difícil, ya que moverse por la zona donde se encuentra se hace fácilmente recordable.

La Cervecería da Trindade se encuentra en la Vía da Trindade Nova a la que accedimos desde Rua Garrett.

No resulta más que curioso que a las 20 de la tarde ya hubiera algo de cola en el restaurante, y lo que más me impresionó de la cervecería fue su tamaño, es enorme, pero realmente enorme, no sé cuántos metros tendrá, ni su capacidad, pero yo veía mesas al fondo, al fondo y a los camareros torcer a la derecha y a la izquierda al mismo fondo y yo me preguntaba: ¿pero aún hay más?

No obstante fue una antigua fábrica de cerveza y se emplaza en el refectorio de un antiguo monasterio, la más antigua de Lisboa, y supongo que de ahí su gran tamaño. Para que os hagáis una idea de lo que os hablo, el segundo día también fuimos a cenar y había 3 ó 4 reservas de grupos de 70 personas, y aún así había muchísimo espacio para seguir sentando grupos de dos, tres, cuatro, etc.

Como me gustaría opinar sobre esta cervecería, simplemente contaros qué nos pareció. En primer lugar, llama la atención, por su tamaño, pero también por sus azulejos tan característicos de la cultura portuguesa. Nosotros cenamos los dos días en el primer salón (hay una pequeña antesala donde tomar algo y donde la gente hace cola) y luego bajando un par de escalones, se accede al primer salón y resto de salones queda más al fondo. Como os digo, ambas noches cenamos en el primer salón y en él hay imágenes formadas por azulejos que reflejan las distintas estaciones del año, con sus figuras características.

Sobre la comida adelanto que disfrutamos bastante y que salimos de allí bastante satisfechos, no sólo por lo que tomamos, sino por su precio.

Tras un par de horitas cenando tranquilamente (parece que todo va lento en esta ciudad y todo se hace con reposo), decidimos coger el metro en Rua Garrett (queda justo enfrente del Café A Brasileira) y regresar al hotel. Estábamos muy cansados de todo el día a pesar de haberlo tomado todo con relativa tranquilidad.

Impresiones del primer día en Lisboa

Vistas de Lisboa desde el elevador de santa justa

Puede pareceros que no hicimos realmente nada, tal vez sea así, pero nosotros no tenemos esa impresión ahora, ni la teníamos en esos momentos. Como os decía, Lisboa para mí no ha sido como París o Roma, que casi vas corriendo de un sitio a otro para intentar aprovechar hasta el último segundo del viaje. Aquí no, en Lisboa (lo que ha sido para nosotros), puedes sentarte y pasear por sus calles tranquilamente y estás viendo Lisboa y estás viéndolo todo. Por supuesto, hay sitios que uno no debe perderse, como la Alfama, con el castillo de San Jorge, o la Torre de Belem, pero la cultura de Lisboa, lo que hay que ver, está en la calle, eso es Lisboa. Por esta razón, sentarse en un café, en concreto en el Café A Brasileira, y tomarse un café o lo que gustéis, es como ir a París y visitar la Torre Eiffel. Para mí esta es la esencia de Lisboa, aunque algunos os podáis llevar las manos a la cabeza.

Lisboa es una ciudad de andarla, pero de andarla y disfrutarla, no de utilizar sus calles como mero camino para llegar a un fin. Esa fue mi primera impresión y con la que me he quedado tras visitar gran parte de su historia.

Día 2: sábado

El sábado nos levantamos temprano y decidimos hacer un turismo “más puro”, cogimos el metro hasta Cais de Sodré y de ahí el eléctrico número 15 que nos dejó justo enfrente del Monasterio de los Jerónimos, en el barrio de Belem.

Monasterio de los Jerónimos

Monasterio jerónimos Lisboa

Su nombre viene de la orden los jerónimos que lo ocuparon hasta 1833, año en que fueron expulsados.

Cuando bajé del eléctrico y aparecieron ante mí el monasterio y la iglesia, y no puedo expresar lo mucho que me impresionó este edificio, con toda su majestuosidad (pues es enorme), su estilo, todo…Y tan magnánimo es que no se puede tomar una foto completa en la que cupiera todo el edificio desde la acera de enfrente, ni siquiera desde una distancia más o menos considerable, como es desde el parque queda enfrente. Su estilo manuelino me cautivó.

El estilo manuelino se caracteriza por la mezcla de motivos arquitectónicos y decorativos del gótico tardío y del renacimiento. Yo, que soy amante absoluta del arte gótico, quedé fascinada por la representación que en el monasterio puede verse del mismo.

Primero entramos en la iglesia (donde no hay que pagar entrada), y me encantó, es una nave amplia y luminosa, aunque sus enormes columnas y por la gran altura a la que se encuentran sus vidrieras hacen que haya recovecos oscuros.

Como digo, me encantaron sus altísimas columnas de piedra, en las que aparecen tallados dibujos y escenas varias, así como la imagen que proyectaban sobre el resto del conjunto arquitectónico, dándole un aspecto de magnitud increíble. También me gustó mucho toda la nervadura del techo, y los detalles que podían apreciarse en el altar mayor y en los altares laterales, como por ejemplo, las tumbas del rey Manuel I y su esposa María y de Joao III y Catarina apoyadas sobre elefantes, en la capilla principal.

Detail of the magnificent carvings on the crypt inside the Monastery of Jeronimos in Belem

También se encuentran en el interior de la iglesia de los Jerónimos la tumba (neomanuelinas) del navegador Vasco da Gama, decorada con motivos náuticos, y la tumba del poeta Luís de Camões.

Tras una visita lo más detallada posible de la primera planta de la iglesia, salimos de ésta y en el edificio anexo, compramos las entradas para entrar en el claustro y aprovechamos para comprar también las entradas para la Torre de Belem, por comodidad más que nada. La entrada conjunta para ambas visitas, el claustro del monasterio y la Torre de Belem, fue de 8 euros cada uno.

El acceso al claustro se hace a través de un edificio que queda a la izquierda de la puerta de entrada a la iglesia, siendo éste el lugar donde se compran las entradas.

Antes de hacer un breve resumen de lo que encontramos, debo decir que si hay algo que me gustó de Lisboa, por encima de todo, fue el claustro del monasterio de los Jerónimos, simplemente es precioso. No es que me pareciera que la ciudad estuviera abarrotada, ni de turistas ni de locales, pero noté tal quietud en el claustro, una tranquilidad tan apreciada y difícil de conseguir hoy día, que eso, unido a su belleza, me tocó el corazón (aunque suene cursi). Os dejo unas fotos, aunque es difícil apreciar realmente su belleza en ellas.

La visita al claustro debe hacerse con tranquilidad y sosiego, creo que no es un lugar al que hay que ir deprisa y corriendo y dedicarle sólo unos minutos para luego ir a ver “lo siguiente que toque”. El claustro tiene una decoración manuelina, lo cual se aprecia en sus arcos en forma de M y en sus motivos decorativos náuticos.

Al igual que la iglesia, el claustro tiene dos plantas, en la primera de ellas podemos encontrar varias salas de interesante visita, como son, la sala capitular donde se halla la tumba de Alexandre Herculano, primer alcalde de Belém. También encontramos una sala que en su día fue el refectorio, en la que destaca una línea de azulejos del siglo XVIII a lo largo y ancho de toda la sala en colores blancos y azules, y por otra parte su bóveda nervada.

Estatua en monasterio de los Jerónimos en Belém

Como último dato, en una capilla del claustro descansan, desde 1985, los restos del escritor Fernando Pessoa.

En la segunda planta, podemos seguir apreciando la belleza del pequeño jardín desde arriba y a su vez prestar atención a las gárgolas con distintas formas (las gárgolas me encantan): de cerdo, saltamontes, águilas, etc. que quedan justo a nuestros pies en esos momentos.

En esta planta podemos encontrar una sala formativa con la historia del monasterio a través de paneles o conocer el árbol genealógico de la familia real portuguesa que abarca otros muchos monarcas europeos y españoles, entre ellos.

Desde la segunda planta, accedemos también a la parte superior de la iglesia a la que no se puede acceder desde la propia iglesia como tal, sino desde la segunda planta del claustro.

Lo que vamos a encontrar en la segunda planta de la iglesia son unas bonitas vistas generales que la altura nos permite disfrutar, así como contemplar las vidrieras que decoran las paredes de la iglesia, ahora más cercanas; o las vistas del altar mayor en línea recta con el Cristo crucificado que hay en la segunda planta y que queda en un primer plano. En general, podremos disfrutar de la distribución general de la iglesia, y por otra parte, del coro alto de la iglesia y su sillería, que se encuentran aquí.

En general, tanto la Iglesia y, sobre todo, el Monasterio de los Jerónimos, son unos sitios preciosos y tranquilos, y tuvimos suerte de que ambos estuvieran poco masificado por los visitantes, aunque he de decir, que fuimos pronto, porque cuando salimos de allí sobre las 11.30, había muchísima más gente y seguro que no hubiera sido lo mismo. Os recomiendo sin duda que visitéis el monasterio de los Jerónimos, de lo mejor de Lisboa.

Aunque nosotros no entramos, en un anexo construido en 1850 se ubica el Museo de Arqueología, que posiblemente resulte muy interesante también, pero que por el poco tiempo que teníamos no pudimos visitar.

Monumento a los Descubridores

Monumento a los descubridores de Lisboa

Tras la visita al monasterio, nos dirigimos hacia la Torre de Belem. Para llegar hasta la misma desde el monasterio hay un paseo de unos cuantos minutos, pero es muy agradable, justo enfrente del Monasterio hay un parque bastante cuidado por el que cruzaremos y que lleva directamente hasta el paseo donde se ubica el “Monumento de los Descubridores”, justo al borde del mismo río Tajo, y desde allí llegaremos casi en línea recta hasta la Torre de Belem.

Un pequeño inciso para comentaros mis impresiones sobre este monumento con forma de calabera. El “Monumento a los Descubridores” es un homenaje a todos aquellos navegantes, cartógrafos y reyes que realizaron grandes Descubrimientos, como su propio nombre indica, pero en especial, un monumento conmemorativo por la muerte del infante Don Henrique El Navegante.

Se puede acceder a su interior y subir hasta arriba del todo para contemplar la panorámica de Belem, pero nosotros no entramos porque íbamos un poco justos de tiempo.

Realmente es un monumento impactante por su tamaño y por el marco en el que está envuelto, justo encima del Tajo, con su enfoque hacia el infinito y al fondo el famoso “Ponto 25 de Abril” y la figura del Cristo Rey. Disfrutamos este paseo porque además el tiempo acompañó, hacía un día soleado e incluso pasamos un poco de calor, lo cual no hacía más que resaltar el azul del mar y el blanco del monumento a sus pies.

Torre de Belem

Torre de Belem

Como os digo, llegar hasta la Torre de Belem desde el paseo donde se ubica el “Monumento a los Descubridores” es bastante fácil y no tiene pérdida.

La Torre de Belém es un edificio que también nos gustó mucho, sobre todo por sus vistas al Tajo y por su arquitectura manuelina (otra vez), tan recargada y con ese color blanco que hace un bonito contraste con el azul de fondo. Su arquitecto, Diogo Boitaca, fue también el encargado de realizar el Monasterio de los Jerónimos y en el pasado sirvió como centro de recaudación de impuestos para poder entrar a la ciudad.

La Torre se compone de seis pisos, contando el piso inferior, donde podemos apreciar lo que fue la antigua prisión y donde se guardaban las armas (el techo está muy bajo, así que tuvimos que ir con cuidado de no ir erguidos). En la primera planta podemos ver principalmente los cañones que sirvieron para su defensa, en la segunda planta podemos acceder a la nave del baluarte, que presentan aberturas para cañoneras y que se elevan al aire por encima del Tajo. Destaca en el baluarte la figura de la Virgen del Buen Suceso, o Virgen do Restelo.

La subida hasta el quinto piso se realiza a través de una escalera única, tanto para la subida como para la bajada, en forma de caracol de piedra con escalones muy estrechos. Esto lo comento porque hay gente que tiene poco conocimiento y en vez de esperar que unos bajemos para ellos subir (como indican los carteles informativos), empezaron a subir cuando nosotros estábamos bajando. La bajada se complicó un tanto porque los escalones son diminutos y el pequeño espacio en espiral no mejoraba la cosa, así que si os dan miedo este tipo de subidas o bajadas, y queréis acceder a lo alto de la Torre, no hay otro modo de hacerlo.

La entrada se puede comprar en la propia Torre, aunque nosotros la llevábamos comprada desde el Monasterio de los Jerónimos.

Alfama y Castillo de San Jorge

Vista del Castillo de San Jorge

Aunque pueda parecer que íbamos corriendo de un lado a otro, puedo aseguraros que disfrutamos de todas las visitas que habíamos hecho a lo largo del día, nos paramos lo que nos pareció necesario, disfrutando cada lugar. No entiendo otra forma de visitar estos lugares que no sea así, por otra parte.

Le tocaba el turno al famoso barrio de la Alfama, al que poco tiempo nos quedaba para visitar. Cogimos el metro hasta Da Mouraria y de ahí subimos andando hacia el Castillo de San Jorge a través de sus empinadas calles y sus cuestas, y de sus escaleras de subida en las que casi me da algo (estoy en baja forma). Compramos las entradas, que nos costaron 5 euros a cada uno, y nos dirigimos a visitar esta fortificación. Su horario era de 9.00 a 21.00 horas.

La visita al castillo nos llevó también su tiempo, además de envolvernos con su historia, lo que creo que es más importante cuando uno accede a él, son sus vistas, es un mirador estupendo desde el que contemplar el barrio de la Alfama y gran parte de Lisboa.

Mirador del Castillo de San Jorge

No hay ninguna estancia como tal a la que acceder, aunque podemos subir por alguna de sus muchas escaleras laterales (de altos escalones, por cierto, una que lo nota porque no es muy alta) y bordear desde arribar todas las almenas.

Creo que el jardín interior, el que queda bordeado por las paredes de la propia edificación, podría estar un poco más cuidado, eso sí. Aunque el jardín que quedaba antes de entrar es bonito y había pavos reales dándole colorido.

Por otra parte, en el mirador apetecía sentarse y disfrutar de las vistas sin más. Aquí también podemos apreciar antiguos cañones de distinto tamaño que se utilizaron como defensa.

Tras una visita al Castillo, decidimos perdernos por la Alfama y sus calles. Me gustó porque es un barrio muy acogedor, muy “recogidito”, no me daba la sensación de ir andando por la calle, sino por un decorado (ya sé que esto son percepciones raras de una), con sus casitas, su ropa tendida, sus macetas en las paredes y sus banderas portuguesas. Sin duda, es un barrio bien bonito, merece la pena sin duda, y todo lo que me lo habían recomendado está bien justificado.

Catedral de Lisboa

Catedral de Lisboa

Aprovechando que nos quedaba por la zona, fuimos a visitar la Catedral de Lisboa, Santa María Maior, o la Sé, que es la iglesia más antigua de la ciudad y por ello mezcla de varios estilos arquitectónicos.

Desde el exterior, nos llamó la atención la dejadez que parece imperar en sus paredes y sus vidrieras. Supongo, que su antigüedad, unido a la humedad del ambiente, provoca su aspecto ennegrecido y casi destartalado. En una de sus vidrieras, por ejemplo, en su parte externa, nos fijamos en una enorme telaraña que la cubría prácticamente entera. Mi pareja comentaba que podían restaurarla un poco, pero yo pienso que quizás en eso radique su encanto, aunque eso sí, una pequeña limpieza no le iría mal, al menos una limpieza superficial (como lo de la telaraña). No hay que olvidar de todos modos, los terremotos que esta edificación ha tenido que soportar y que se añaden a su aspecto.

Su interior no me llamó especialmente la atención, su entrada es gratuita, pero para entrar al claustro y al tesoro, hay que pagar entrada. Por lo general, las catedrales me gustan más por su fachada y sus exteriores, y ésta, como curiosidad, me recordó a Notre-Dame por su estructura.

Tras la visita al barrio de la Alfama, decidimos coger el famoso eléctrico 28 para que nos llevara hasta el Barrio Alto, de forma que lo cogimos en la Alfama, pasamos por Chiado y llegamos hasta Estrela, donde pudimos ver la Basílica da Estrela y el Jardim da Estrela (aunque no entramos a ninguno de los dos, al primero porque había una boda, y al Jardim porque estábamos bastante cansados y no sabíamos cómo era de grande), y después bajamos de nuevo a Chiado.

Tranvía de lisboa en la catedral

Decidimos ir posteriormente hasta la Praça do Rossio, que enlaza con Vía Augusta y tomar algo de merienda más relajados, para ello paramos en Casa Suiça (recomendación que seguí de Itaca), situada en la Praça Dom Pedro IV, donde tomamos en una de las mesas exteriores un par de zumos de naranja naturales y una porción de tarta de chocolate. Todo por 9 euros. El sitio nos gustó por su situación y porque las mesas que hay en las terrazas están más o menos resguardadas del viento que hacía, pero debo decir en su contra que el personal me pareció de lo más estúpido. Cuando pedimos la porción de tarta para compartir, el camarero nos miró con cara de alucine (como si fuera extraño que pidiésemos una para dos), y luego de hecho, cuando nos la trajo, sólo iba con una cucharilla. En fin, la verdad que es os lo recomendaría por su situación, pero por nada más. La tarta y los zumos estaban bastante bien, pero en estos sitios turísticos ya se sabe que se pierde la esencia y la magia de lo autóctono. Por cierto, para entrar al baño debéis pasar con el tíquet de pago, si no, nos os dejarán acceder a éstos.

No penséis que era muy tarde, quizás estuvimos allí hasta las 19.30 porque recuerdo que volvimos a cenar en la Cevercería da Trindade y llegamos allí poco antes de las 20, y el sábado sí había mucha más gente que el viernes (que ya es decir), de hecho tuvimos que esperar un poco. La cena esa noche fue algo más cara que la anterior, 39 euros, pero todo muy bien y la camarera agradabilísima. Mejor incluso que la primera noche.

Tras la cena, nos fuimos hasta el hotel, estábamos muy cansados y el día había sido muy largo, aunque muy reconfortante.

Recomendaciones y conclusión

museo del azulejo lisboa

Las recomendaciones que puedo haceros se basan prácticamente en sitios que no debéis perderos y algún consejillo.

  • No debéis perderos el claustro del Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem, la Alfama y su castillo, un viaje en el eléctrico 28 (más por lo que significa que por su comodidad, además de que os ahorrará un paseo) y un paseo tranquilamente por la Vía Augusta.
  • Sobre la Vía Augusta hay un detalle que me llamó la atención y es que hay muchos tíos vendiendo costo, y claro, a Alex que tiene el pelo un poco largo, pues se lo ofrecían continuamente. En fin, prejuicios.
  • La tarjeta “7 Colinas” está muy bien, nos sale por unos 3.50 la recarga y 0.50 la tarjeta en sí misma cuando la compramos por primera vez. La compramos el primer día sobre las 16 horas y su duración es válida durante 24 horas. Realmente merece la pena porque el transporte es caro para ir pagando cada vez los viajes y para lo que son los precios en sí en lo que se refiere a servicios.
  • Comer en Lisboa es bastante asequible, ya os digo que por ejemplo, el sábado comimos unos platos abundantísimos y muy buenos de sabor por 15 euros entre los dos. Eso sí, los sitios más turísticos, como “Café A brasileira” o “Casa Suiça” tienen precios que encontraríamos aquí, pero claro, ya se sabe, son turísticos.
  • Moverse en transporte público es una gozada, rápido y cómodo, os lo recomiendo sin duda, independientemente de que el precio de los taxis sea baratos.

Como podéis imaginar, mi conclusión es clara, os recomiendo sin duda y encarecidamente, que visitéis Lisboa. Es una ciudad preciosa, donde uno disfruta dando un paseo, tan sencillo como eso y sin la sensación de estar perdiendo el tiempo. Es fácil imbuirse en el ambiente que prima en la ciudad y nos sentimos muy a gusto y bien tratados.

Lisboa merece una visita, os sorprenderá muy agradablemente. Es una pequeña señorita con mucho encanto y muchas caras por descubrir.

Siento lo largo de esta opinión. Gracias por leerme!

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