Mirador de Graça

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Los que me lleváis leyendo un tiempo sabéis que tengo una absoluta devoción por la ciudad de Lisboa y que nunca falto a mis citas con ella. En concreto la visito dos veces al año: una en junio durante sus fiestas (algo realmente mágico y que os animo desde aquí a que vayáis) y otra en diciembre.

Son siempre escapadas cortas, de un fin de semana de duración, nos vamos el viernes por la tarde y volvemos el domingo por la tarde. Eso sí, también son escapadas muy intensas, y además Lisboa, fascinante en todas sus facetas, siempre tiene la facilidad de sorprenderme.

No recuerdo ni una sola vez, por mucho que la visite y que la conozca, que pase un fin de semana allí y no vuelva con nuevos lugares desconocidos hasta entonces, con pequeños rincones maravillosos. Porque esta ciudad es así, huele a mar y a saudade, a nostalgias y a sueños, suena a fado y siempre sientes su abrazo. Por ello, siempre, siempre, siempre que me sea posible, volveré a perderme entre sus calles y enamorarme de ella.

El Barrio de Graça

Barrio de Graça

Es uno de los barrios lisboetas por antonomasia, un barrio muy típico, muy de verdad. Este barrio se encuentra un poco más arriba del Monasterio de San Vicente da Fora, que podréis observar en la lontananza desde el Miradouro das Portas du Sol en la Alfama. Concretamente, y para no variar, el eléctrico 28 atraviesa este barrio por su calle principal: el Largo da Graça.

Yo conocía este barrio de otras visitas y escapadas a Lisboa, pero en esta ocasión nos ha sorprendido mucho más. Acostumbrada a transitarlo en tranvía y ver su bullicio, sus tascas y sus tiendas, la gente por doquier… en este viaje lo he vivido más de verdad. Sí que había transitado sus calles antes, nos habíamos bajado del tranvía y recorrido una parte del barrio, pero existía otra parte, recóndita y maravillosa, que estaba justo al lado y que nunca habíamos conocido.

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Graça está en una de las siete colinas de Lisboa (no me he equivocado, Lisboa, al igual que Roma está, asentada sobre siete colinas, y precisamente en una de ellas está Graça). Siempre me ha gustado este barrio porque en él apenas se ven turistas, por lo que todo lo que encuentres en él, además de pintoresco y típico, es de verdad. Se trata de un pequeño barrio habitado por gente de allí, intenso, como el resto de Lisboa.

Yo soy de las que me gusta perderme y salirme de los cauces de las guías, y precisamente en Lisboa probablemente lo haga mucho más que en otros lugares, también porque tengo muchas más oportunidades para ello. Me gusta salirme del circuito turístico, callejear, entrar en los bares de toda la vida, en las panaderías o las pastelerías, en las iglesias… en definitiva en esos lugares tan normales y a la vez tan recónditos que sólo los habitantes del barrio conocen y visitan. Esto ya lo había hecho yo en Graça en varias ocasiones, pero quiso el azar que en este último viaje fuera a perderme entre sus callejuelas más que nunca. De hecho, solamente estuve un fin de semana en Lisboa y sin embargo fuimos a Graça en dos ocasiones.

Un taxista nos recomendó un sitio de fados de verdad, nada de turistas, y estaba precisamente allí. Tenía tanto encanto y era tan de verdad que creo que nunca escribiré sobre él, porque sería como abrirlo a los turistas. Si alguien tiene especial interés en conocer dónde está, que me deje un mensaje en el privado y estaré encantada de darle los datos.

Pero otra de las pequeñas joyas que no conocíamos y que descubrimos en nuestro último viaje fue el Mirador da Graça, que casualmente se ve perfectamente al otro lado de la ciudad, desde la parte superior del Elevador de Santa Justa, pero que habiendo estado tantas veces tan cerca de él, no habíamos visitado hasta ese momento. De ese lugar con tanto encanto es del que hoy quiero hablaros en esta opinión.

Lisboa, ciudad de miradouros…

Vistas desde el mirador de Graça

La orografía de Lisboa, el que la ciudad se asiente sobre siete colinas, ayuda bastante a convertirla en un lugar lleno de miradores impresionantes. Y es que desde Lisboa se puede mirar y remirar, captar muchas de sus bellas sensaciones desde las alturas. Algunos de ellos son muy conocidos, como el Miradouro das Portas du Sol sobre la Alfama, para mí el más bonito de toda la ciudad; o el del Castello Sao Jorge sobre la ciudad vieja; el de Gloria sobre el Rossío y el Castello Sao Jorge; o el de Santa Justa sobre toda la ciudad por nombrar algunos. Existen algunos más, que yo aún no tengo el placer de conocer, pero daremos tiempo al tiempo, que una de las cosas que más me gusta de mis visitas a Lisboa es la posibilidad de descubrir siempre algún nuevo lugar.

Para llegar a algunos de estos lugares, tan altos ellos, se suele coger un elevador o un eléctrico. El elevador más famoso es sin duda el de Santa Justa, un auténtico ascensor enorme de finales del XIX con su estructura de hierro, simplemente precioso. Te eleva desde la Baixa hasta la parte alta de Chiado, al lado de la Igreja do Carmo, estructura de piedra con arcos fajones por techo que se cayó durante el terremoto que asoló la ciudad y que tiene al firmamento como techo hoy en día.

Vistas desde el mirador de Graça

Otro elevador es utilizado para llegar hasta uno de los más famosos miradouros de la ciudad, desde el que es posible contemplar gran parte de la misma. Se trata del Mirador da Gloria, al que se accede a través del Elevador da Gloria, un vagón de tranvía eléctrico que asciende por una gran pendiente muy pronunciada desde la Plaza de los Restauradores hasta el barrio alto.

Las vistas desde allí también son impresionantes y especialmente por la noche, tanto desde lo alto del elevador de Santa Justa como desde el Mirador da Gloria verás enfrente, a la izquierda del castillo de San Jorge la fachada de mármol blanco de una iglesia iluminada. No os podéis imaginar la de veces que la he mirado desde estos dos puntos y me he preguntado dónde estaría exactamente ese lugar. Pues bien, se trata de la Igreja do Graça y el Mirador que existe justo delante de ella, desde donde ves la otra parte de la ciudad desde la que miras en Santa Justa o Gloria. Paradojas de la vida, habiendo pasado tantas veces justo al lado y sin saber que allí, tan cerquita, estaba ese lugar maravilloso, lleno de paz y tranquilidad, desde donde contemplar además unas vistas bellísimas sobre la ciudad sosegada.

Mi recomendación es que paseéis Lisboa con tiempo, que os perdáis entre sus callejuelas llenas de historia y secretos, pero también que dejéis tiempo suficiente para contemplarla desde sus miradores, sin prisa… todo lo que el momento requiera y vuestra alma os pida, encandilada entre las luces de la ciudad. Y si es posible, visitar estos lugares de noche y de día, porque las dos luces le quedan tan bien a la ciudad… esta ciudad de nostalgias y contrastes de la que yo me enamoré nada más pisar sus calles.

Otra vez el Eléctrico 28, tan imprescindible…

Tranvía 28 de lisboa por la noche

Por poder, se puede ir andando, cómo no, pero lo de subir y bajar montañas a veces cansa demasiado. Por eso, para llegar hasta el barrio de Graça, hasta su iglesia y hasta su mirador, yo os recomiendo que subáis en el eléctrico 28, también de finales del siglo XIX y que con su traqueteo amarillo sube y baja como nadie las colinas de Lisboa. ¿Qué deciros de este pequeño tranvía que no os haya dicho ya antes? Hace más de dos años hice una opinión sobre él y la melancolía de las calles que recorre, con olor a mar, con olor a saudade…

El eléctrico 28 sube y baja colinas y montañas sin quejarse, te lleva de un universo a otro, porque Lisboa es una ciudad de miles de universos. Pasa por lugares tan imprescindibles como la Alfama y el Miradouro das Portas du Sol; te lleva al centro en la Baixa, muy cerca de la Plaza del Comercio; asciende a la plaza de Chiado y le dice adiós al pasar a la estatua de Pessoa, que tarde tras tarde asiste impasible al paso del tiempo; te lleva a barrios más pobres y más intensos, como la Morauria o el propio Graça; acaba en un cementerio y por el camino transita justo frente al Palacio de San Bento, sede del parlamento portugués.

Subir al eléctrico 28 resulta imprescindible para conocer Lisboa y la vista de la ciudad desde sus asientos se hace imprescindible. Pero es que en algunas ocasiones, como por ejemplo para ir a Graça, se hace sumamente recomendable para evitar dejarte muchas de tus fuerzas en el intento y llevarte tranquilamente hasta el corazón del barrio y hasta el mirador del que hoy os quiero hablar.

Una Iglesia y un mirador frente al cielo

Iglesia del Barrio de Graça

Desde el otro lado de la ciudad se puede ver perfectamente la fachada blanca de la Iglesia de Gracia (Igreja do Graça) con su portada renacentista o barroca, o al menos que recuerda a algunas iglesias renacentistas como Santa María Novella en Florencia o Il Gesú en Roma. Delante de ella existe una pequeña explanada que constituye el mirador y en la que se aloja un bar con una terraza desde la que disfrutar de unas maravillosas vistas sobre el otro lado de la ciudad.

Nunca había llegado hasta allí, a pesar de haber estado en varias ocasiones a escasos doscientos metros, por el otro lado de la Iglesia. Pero es que desde el Largo do Graça este lugar se encuentra escondido y tienes que rodear la parte trasera de la iglesia expresamente. Pero es que desde esa parte trasera ni siquiera sabrás o te darás cuenta de que es una iglesia si nadie te lo dice, y si sigues adelante como nosotros hicimos, de pronto te encontrarás con ese lugar recóndito y maravilloso, que seguro que será capaz de sorprenderte.

La iglesia en sí no tiene nada de especial o único, o al menos no me lo pareció. Entré en ella porque ya llegada hasta allí, lo mínimo era visitarla. Era un sábado por la tarde, estaba abierta y no había misa, en su lugar un coro de adolescentes realizaban un ensayo. Grandilocuente en su interior, barroca aunque no excesivamente recargada, o al menos eso me pareció. Un monumento como otro cualquiera que sin duda merece la visita, pero lo que verdaderamente merece la pena que llegues hasta allí es el mirador que existe justo frente a ella, desde donde captar unas vistas magníficas sobre la ciudad.

Calle del barrio de Graça

Quienes conozcáis Lisboa, seréis muy conscientes de su estructura. La zona centro: Rossío, Figueira, Restauradores, la Baixa, la Plaza del Comercio… se encuentran en una vaguada al nivel del mar. A ambos lados de la misma se levantan las grandes colinas: el barrio alto a su izquierda, San Jorge y Graça a la derecha. Por ello, si nos situamos en cualquiera de los miradores de estos lugares (Santa Justa y Gloria a mano izquierda, San Jorge y Graça a mano derecha) lo que veremos frente a nosotros es un gran precipicio hacia el centro y enfrente la otra colina. En medio de esa vaguada o precipicio, las principales plazas de la ciudad, presididas por el Rossío.

Desde el Mirador de Graça, por lo tanto, lo que se ve es la colina del Barrio Alto al otro lado del cielo; si te fijas bien podrás ver perfectamente el Mirador da Gloria, el Elevador de Santa Justa, la Igreja do Carmo… Y lo que no veas, simplemente con que le eches un poquito de imaginación valdrá. La verdad es que no es frecuente una ciudad como ésta, llena de miradores y capaz de devolvernos su belleza multiplicada por mil espejos, desde mil puntos diferentes. Y es que no deja de hacer gracia ver el Mirador de santa Justa desde Graça o al revés, y pensar que el día anterior, o al día siguiente, tú estuviste o estarás en el otro. Y es que ver los mismos lugares desde diferentes perspectivas es algo con muchísimo encanto y que no siempre es posible conseguir.

Un café en el cielo

Atardecer en el mirador de Graça

Como os contaba antes, el Mirador da Graça está literalmente en las alturas, casi podrías tocar el cielo con los dedos, o por lo menos te da esa sensación. Además de las maravillosas vistas que hay sobre la ciudad, en este mirador existe un barecillo con una terraza muy grande. Cierto que nosotros fuimos en diciembre (aunque por la temperatura que hacía hubiese pasado por octubre o por abril sin problemas), y que quizá por eso había poca gente y no tuvimos problemas para encontrar mesa para ocho, pero aún así, la terraza es bastante amplia, muchísimo más que la del Miradouro das Portas du Sol por ejemplo, por lo que vuestras posibilidades de encontrar mesa aumentan, más aún si tenemos en cuenta que este mirador no es tan conocido como otros miradores de la ciudad.

Resulta relajante hacer un alto en el camino precisamente en ese lugar, hacer unas fotos, contemplar la puesta de sol o las luces sobre la ciudad, tomarte un café y anotar mentalmente en tu cuaderno de viajero la paz que desprende ese lugar. Allá bajo los árboles, en las alturas, parece el fin del mundo… Un lugar lleno de encanto, uno de esos sitios dispuestos en el mundo para tomar aire, respirar y seguir adelante.

Mi experiencia y opinión

Mirador de Graça por la noche

Adoro Lisboa, adoro la luz de esta ciudad y su vocación de estrella perpetua, la saudade de sus calles, la ropa tendida en los balcones, el olor a mar, el olor a nostalgia… Por ello, pase lo que pase, intento no faltar nunca a mi cita con ella bianualmente, una vez en diciembre, otra vez en las fiestas de junio a Santo Antonio de Alfama, que no es otro que San Antonio de Padua, lisboeta y del más famoso barrio marinero de la ciudad, la Alfama. Me gustan los fados porque están hechos de tristeza en lugar de notas, me gusta el sabor intenso y de verdad de esta ciudad de mil caras, todas a cada cual más bellas.

Pero una de las cosas que más adoro de esta ciudad es precisamente su capacidad para sorprenderme. Da igual las veces que la visite, rastreando por cada una de sus calles, intentando descubrir sus pequeños secretos… Por más que la conozca, siempre hay rincones que me sorprenden, lugares que nunca antes había conocido a pesar de haber estado solamente unos metros más allá. Y es que Lisboa es mucha ciudad y mucha mujer para el viajero, imposible descifrar enteramente el secreto de sus ojos oscuros que se llenan de lágrimas reflejados en el mar.

¿Quién pudiera ser un ave que surcara sus colinas? Las siete colinas lisboetas, como las siete colinas romanas… Pero como no nos es posible volar, tenemos que contentarnos con contemplar las maravillosas vistas de la ciudad desde sus balcones naturales, sus miradores llenos de nostalgias y de sueños. Y ver su cara desde muchos puntos diferentes, sus distintas facetas, su belleza multiplicada… Porque Lisboa es la ciudad del Tajo, la ciudad de los marineros que nunca regresaron, la ciudad que huele a mar y a saudade, donde mejor se cantan y se escuchan los fados… pero también es la ciudad de los miradores. Sería incluso posible hacer una ruta que nos llevara de uno a otro, que nos maravillara con cada una de esas vistas de postal, que pudiéramos grabar a fuego en nuestra memoria y meterla en nuestra mochila de viajero del mundo, con los ojos muy abiertos…

En este último viaje Lisboa también me sorprendió, me regaló tres días maravillosos entre sus calles, reflejos sobre el mar azulado. Tiempo en el que volver a pasear por lugares ya conocidos y descubrir otros como éste, un mirador abierto al cielo y la nostalgia, un lugar hasta entonces recóndito y escondido para mí. En mi próxima visita en junio, intentaré regresar allí a tomarme otro café frente al horizonte infinito, en ese pequeño espacio del mundo, abierto al horizonte, a las nostalgia… y sobre todo, donde la tranquilidad y el sosiego se asientan a tu alrededor, y eres capaz de palparlos, de abrazarlos…

Ay, Lisboa, cómo duele tu ausencia cuando se está lejos de ti. Y enseñándome por casualidad lugares como éste aún haces que la herida se abra más, que el dolor sea más intenso. Porque la verdadera saudade es tenerte tan lejos, ahora entiendo de dónde salió el fado.

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