Algunos de vosotros ya sabréis que soy de Tenerife. Nací aquí y como pasa a veces con la gente de los lugares, nunca en mi vida había subido al Teide (al pico se entiende). Cuando era pequeña, cada vez que nevaba, que normalmente era y es un par de veces al año como mínimo, subía con mis padres y mis hermanos a jugar con la nieve.

Pero es curioso, porque desde que había un poco de hielo (fuera donde fuera), nos parábamos. Incluso así, para mí aquello era ‘subir al Teide’, porque lo veía de lejos y decía “ohhh, ¡¡míralo Mami, está ahí!! ¡Qué grande es!” y me quedaba contenta.

Pero bueno, el verano pasado nos decidimos unos amigos y yo a subir realmente arriba, a llegar a esa punta de España que se encuentra a 3.718m de altura. Pero una semana antes de subir, teniéndolo todo medio tanteado, hubo una baja en el grupo (mi hermano se torció un tobillo), y tuvimos que dejarlo. Este año lo preparamos todo rápido (se necesitan varios permisos para poder subir), para que nadie tuviera tiempo de lisiarse jaja, y nos fuimos para arriba.

Ese día nos levantamos a las 6 de la mañana (ay… en vacaciones, buff), y entre que vas a buscar a Fulanito, que si quedamos con Menganito en no sé dónde, etc, terminamos aparcando los coches en la carretera y nos lanzamos a caminar a eso de las 8:30. Para quien se anime a hacer esta excursión, lo fundamental es llevar una gorra o sombrerito y protector solar. Normalmente suele hacer sol en los meses de verano, y pega bastante (lo digo porque el resto del grupo acabaron un poco cangrejillos y yo no), como es lógico en la montaña. No recomiendo ir en los meses de invierno, por razones obvias.

La primera parte del camino fue bastante cómoda. El sendero era muy ancho (cabe un coche), y las vistas son preciosas. Se trata de la pista de subida a Montaña Blanca, una zona con unas vistas increíbles. Son laderas inmensas de piedra pómez de color marrón clarito. La verdad que esta parte no presenta grandes complicaciones, pero me resultó un poco larga y monótona. Descansamos un poco en una zona de sombra que nos daban un par de rocas gigantescas. En algo más de 1 hora llegamos a la falda de El Teide, donde comienza el ascenso más duro. Está bien señalizado por un cartel y una zona de descanso.

Ciertamente, en este punto del camino mira uno hacia arriba y da vértigo… es un poco agobiante no ver el final. Se trata de un sendero estrecho de piedras y tierra (hay que tener cuidado de no resbalar) que sube en zigzag. Esta parte del camino sí tiene una dureza notable y considerable, ya que en poco tiempo se vence una altura de casi 1000 m. Hay varios sitios en los que descansar, y aprovechándonos de las sombras que daban las rocas que comenté antes, nos tomamos un pequeño tentenpié. Esta zona recibe el nombre de “Los huevos del Teide”, ya que se trata de grandes rocas (piroplastos) repartidas por el paisaje. En la subida, vimos algo de vegetación, como unas margaritas muy bonitas (ver foto 2).

Teide, ¿dónde está?
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Cuando íbamos subiendo, a mitad de camino se divisa una antena de color blanco, perteneciente al Refugio de Altavista (el lugar donde íbamos a pasar la noche). Parecía que nunca íbamos a llegar… si mirábamos hacia abajo veíamos todo lo que habíamos recorrido, cosa que nos daba ánimos para continuar (ver foto 3). De hecho cuando por fin llegamos al refugio a las 13:00, ¡¡no nos lo podíamos creer!! (foto 4). Por fuera hay unos banquitos donde nos sentamos a descansar un poco después del largo camino, buff… por fin pudimos abrir las mochilas y comer. Incluso nos dio frío, y eso que subimos cuando estaba la ola de calor, pero arriba hacía muchísimo frío.

El refugio no está mal… bueno, es bastante mejorable, porque el baño daba pena. Pero no podemos quejarnos, porque es un edificio construido hace más de 100 años, y hasta hace poco incluso prescindía del baño. Esa misma tarde seguimos subiendo un poco, pero en plan aventurero, por ver qué nos encontrábamos, puesto que la subida al pico la íbamos a realizar a la mañana siguiente. Fue entonces cuando llegamos a un lugar bastante bonito que llaman “La cueva del hielo”.

Había hasta una escalera para bajar, que por cierto, daba mucho miedo!! Jaja, creo que tardamos más de media hora en bajar 6 personas. La escalera era de hierro y estaba sujeta a unas rocas, no tenía demasiada pinta de ser segura y hacía ruidos sospechosos, pero a pesar de todo, aguantó con nosotros. Valió la pena, porque allí dentro se estaba muy bien, hacía mucho fresquito y estuvimos un buen rato. El nombre le viene porque teóricamente se dice que hay hielo durante todo el año. Cuando fuimos nosotros, no había jeje… cosas de la vida.

Una vez visto esto, bajamos de nuevo al refugio y estuvimos haciendo tiempo hasta la hora de dormir, no sin antes haber disfrutado de la sombra que El Teide proyectaba en el paisaje (ver foto 5). ¡¡Creo que nunca me he acostado tan temprano!! El problema era que compartíamos habitación con mucha gente. Son literas (más bien son como camas empotradas en la pared), y a eso de las 22:00 apagamos la luz ya que la gente estaba cansada del ascenso. Además, había una chica allí que se sentía mal por los efectos de la altura (la verdad que afortunadamente, ninguno de nosotros notamos nada). En cada habitación cabe una media de 15 personas y la capacidad del refugio es de 50.

A la mañana siguiente y sin pensárnoslo mucho nos pusimos en pie a las 5:00 de la mañana (buff de nuevo jaja). Casi todo el mundo se estaba despertando a esa hora, comimos algo y nos lanzamos a la aventura de alcanzar la cima. Esta parte del recorrido es la más dificultosa, porque además de hacerla de noche, se trata de coladas volcánicas en las que el sendero está levemente marcado, con lo cual, con linternas es relativamente fácil perderse.

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Llegamos a la estación del teleférico después de un buen rato y por fin comenzamos la subida, que está bien señalizada por un cartel que nos indica el inicio del sendero “Telesforo Bravo”. Si se llega después de las 9:00 a esta zona, hay que dejar un permiso debajo de una piedra… lo que no sé es quién va a recoger esos permisos. Nuestra intención era ver amanecer desde arriba e incluso divisar el resto de las islas, pero desgraciadamente había muchísima calima por la ola de calor, y no pudimos ver nada. Así que con esto en mente, subimos despacito. Pasamos mucho frío y sobre todo, un poco de miedo porque el viento era muy fuerte.

Llegó un momento en que el sendero era de piedra y bastante poco protegido, con lo que íbamos agachados para que el viento no pudiera tirarnos… pero valió la pena, porque un par de horas después de salir del refugio, ya habíamos llegado a la cima. No pudimos disfrutar demasiado, por no decir nada, del paisaje, pero sí de las emanaciones de azufre… que no son demasiado agradables para nuestras narices jaja, pero que llaman bastante la atención. Se puede ver el azufre cristalizado y sale calor de las fumarolas (agujeros en el terreno). Impresiona mucho el paisaje inmediato que se tiene desde allí (ver foto 6 y 7).

Ya no había mucho más que ver arriba. El viento ya era casi insoportable y el cansancio se hacía latente. Así que comenzamos a bajar, con más ánimos incluso que en la subida, pensando en nuestra duchita caliente y nuestra camita (jaja). Llegamos de nuevo al refugio después de 1 hora aproximadamente de camino y de pequeños sustos con algún resbalón, cogimos nuestras cosas y continuamos el descenso. He de decir que siempre se tiene la idea de que lo más fácil es bajar, ¡pero de eso nada!. El hecho de ir frenando durante todo el camino cansa muchísimo más que la subida y a la media hora de caminar, empiezan a doler las rodillas y los cuadriceps. En bajar tardamos poco más de 3 horas, frente a las 6 ó 7 que tardamos en subir 🙂 una diferencia considerable.

La flora existente en este parque natural está compuesta por más de cien especies protegidas, muchas de ellas endémicas, todas estas especies han sabido adaptarse a las condiciones de existencia como son la altitud, la escasez de humedad así como las extremas condiciones climatológicas de este lugar, donde en épocas del año las temperaturas presentan importantes oscilaciones de la noche al día. Algunas de estas especies vegetales más destacadas son el Tajinaste Rojo, que en primavera se cubre de flores rojas y puede alcanzar los 3 metros de altura. En la mitad oriental del parque podemos contemplar el Tajinaste azul, de menor altura que el rojo. La Violeta del Teide que se da a más de 3000 metros de actitud, la Margarita de Teide, la Retama del Teide, la Flor del Malpais, la Tonátida, el Alhehí del Teide o el Rosal del Guanche son solo un pequeño ejemplo de las especies existentes.

La fauna goza también de especial relevancia y está formada principalmente por cernícalos, halcones, muflones, gatos monteses, milanos, erizos, lagartos tizón, y dos especies de palomas endémicas canarias así como un grupo importante de insectos formado por más de 700 especies, en su mayoría de gran valor científico.

teide

¿Queréis que os diga lo peor de todo? ¡Cuando llegamos abajo y el calor era insoportable! De verdad, fue un impacto, con lo bien que se estaba arriba con el fresquito jeje.

Bueno chicos, espero que os haya gustado y que si alguna vez venís a Tenerife y os encontráis en buena forma física y con ganas, que subáis a la cima, porque vale la pena, os lo digo yo 😉