Museo Arqueológico de Sevilla

Desde pequeño tengo el gusanillo por lo oculto, excavaciones, ruinas antiguas y todo este tipo de restos. Supongo que cómo muchos de vosotros también habréis deseado alguna vez la posibilidad de volver al pasado y ver los restos romanos o aquel templo egipcio en todo su apogeo. La verdad que me da pena que el paso del tiempo haya ocultado a veces y otras destruido muchas de las maravillas y prodigios de este mundo, más que nada por la falta de este tipo de obras hoy en la modernidad.

Así que de este modo nostálgico me gusta de tarde en tarde pisar el museo arqueológico, cerrar los ojos y pensar en el pasado. Una lucha en el anfiteatro romano de Itálica con esos escudos, lanzas…delante de un fiero león. Para este tipo de personas que les gusta el reencuentro con la cultura es un sitio ideal que invita a la imaginación a soñar.

Localización

El Museo Arqueológico de Sevilla está situado en el Parque de María Luisa, conocido como «El parque de las palomas», más concretamente en la plaza en la que se concentra el mayor número de estos pájaros, frente al Museo de Artes y Costumbres Populares (que, por cierto, es el museo más aburrido y feo de los pocos que he tenido el gusto de visitar a lo largo de mi vida). Es un edificio grande cuyo estilo arquitectónico no os sabría decir y que sólo os puedo definir como bonito y razonablemente sobrio, con su fachada de color gris claro. Se suben las escaleras (de escalones altísimos) y se encuentran dos puertas: la puerta de la derecha nos dará acceso al museo tras atravesar una galería descubierta, desde la cual se pueden admirar las rosas del parque y ver cómo los críos putean a las palomas.

Para visitarlo podéis utilizar alguna de estas alternativas:

  • Transporte Público: Líneas de autobuses urbanos: 1, 6, 30, 31, 33, 34.
  • Paradas de taxis: Edificio Elcano.
  • Estación de tren: Santa Justa y apeadero de San Bernardo.
  • Transporte Privado

Aparcamiento público más cercano: Aparcamientos Cubier y calles adyacentes.

En esa especie de recepción que hay en lugar de taquilla os preguntarán vuestra nacionalidad, porque los ciudadanos de Unión Económica Europea entran gratis (menos los lunes: los lunes no entra nadie porque el Museo está cerrado; el resto de la semana cierran a las ocho de la tarde). Con mi acento, apenas mi acompañante y yo hemos dado las buenas tardes nos han dado un ticket verde, un folleto referente a los contenidos del museo y un “Buenas tardes, pueden comenzar la visita por las salas de Prehistoria”.

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El Museo Arqueológico de Sevilla

Los orígenes del museo es de mediados del siglo XIX. Al separarse del provincial de Bellas Artes, pasaría a ocupar un edificio construido por Aníbal González cómo pabellón de Bellas Artes de la exposición Iberoamericana de 1929. En 1941 para la suerte de los sevillanos el ayuntamiento lo cede para tener mayor amplitud para este tipo de descubrimientos.

El museo consta de tres plantas (al final te cuento de forma más detallada lo que encontrarás en cada una de ellas):

Planta baja

En la planta baja se exponen al público los materiales procedentes de yacimientos prehistóricos, ordenados cronológicamente. En el que se destaca el tesoro del Carambolo.

Planta principal

En la planta principal se continúa con los materiales de época romana y posteriores. Los de mayor calidad artística, han sido encontrados en las excavaciones de la antigua ciudad de Itálica, patria de los emperadores Trajano y Adriano. Esta ciudad romana me pilla cerca de casa así que voy con frecuencia a disfrutar del entorno.

En esculturas de sorprendente calidad destacan: Mercurio, en la XIV; Venus, en la XVI; Isis, Diana, Cibeles, diosas todas de distintas procedencias unidas por Roma bajo un mismo techo, en la XIX (sala).

Pasando el óvalo, una sala XXI, de Epigrafía en piedra y otra dedicada a los hallazgos de Munigua, XXXIV, con la que se cierra la exposición de época propiamente romana.

Formando parte de los pavimentos, o colocados en la pared, mosaicos policromos de diversos tipos de decoraciones geométricas o figuradas. Para poder ver mosaicos en Sevilla en su lugar de origen en Santiponce en la ciudad romana.

Especial interés científico reviste la pequeña sala, XIX b, que se abre frente a Diana, con piezas epigráficas en bronce de contenido jurídico, una carta del emperador Tito, un contrato de hospitalidad, y numerosos fragmentos de otras leyes.

En las vitrinas que aparecen seguidas por las siguientes salas se exponen materiales ordenados por temas. En la sala XII se muestran piezas de bronce del ajuar de la casa romana. Una de las de la XIII se dedica a la religión doméstica. Las otras dos de la XIV hacen referencia al trabajo y al ocio en sentido amplio. Las tres de la XV a los diversos tipos de cerámica romana. La de la XVIII al ejército. En las de la IXX, una a la escultura de pequeño tamaño y otra a las terracotas. Las dos de la XXIII al comercio y la moneda. En la XXIV una muestra de piezas de los ajuares funerarios de la necrópolis de Mulva.
La sala XXV está dedicada por completo a los hallazgos de época paleocristiana y visigoda, y la XXVI, última de la exposición al público, los árabes y mudéjares fundamentalmente.

Primera planta

La planta primera del edificio queda reservada para los diversos servicios del Museo.

Cómo podéis observar a través de las salas que os he ido contando podemos ver la variedad de pueblos que han pasado por estas tierras del Guadalquivir de ahí la importancia y relevancia de este museo debido a la riqueza y variedad de piezas. Si tuviese que elegir una pieza quizás el tesoro del Carambolo por renombre ya que desde pequeño lo he oído escuchar mucho y por su bella factura y trabajo me quedaría con los mosaicos romanos que a mí parecer son obras realmente increíbles. Un suelo de piececitas pequeñas de diferentes colores a modo de puzzle que dan unos resultados realmente impresionantes. así que sí visitáis Sevilla no os olvidéis de este rincón donde la cultura y la riqueza de los pueblo se hace evidente.

Otras partes importantes del museo

Biblioteca

Especializada en Arqueología.
Horario: lunes a viernes, de 9.00 a14.00 horas.

Archivo

Contiene información documental, escrita y gráfica, relativa a los fondos museográficos y al museo como institución.

Presta servicio de consulta a investigadores y particulares relacionados con las colecciones.

Taller de Conservación-Restauración

Centra su actividad de restauración y conservación preventiva en los fondos expuestos, además de los de almacén, cuyos objetos proceden de las excavaciones de la provincia o del casco urbano, de las donaciones y depósitos.

Se actúa sobre un amplio tipo de materiales: cerámica, piedra, metales, vidrio, mosaico, hueso, marfil, madera y cuero.

Mi experiencia en el Museo Arqueológico de Sevilla

Museo Arqueológico de Sevilla

Las salas de Prehistoria están situadas en el sótano. Aunque hay un ascensor, nosotros optamos por los dos cortísimos tramos de escalera, ya que en el descansillo que media entre ambos se encuentra la Dama de las Cabezas, una figura sedente que, puestos a cachondearnos, parece Han Solo cuando lo petrifican en El retorno del Jedi. Pero, siendo honestos, es una figura preciosa, una dama sentada que en nada se parece a la Dama de Elche, porque tiene el pelo recogido hacia atrás y está adherida a una losa, como si formara parte de la fachada de alguna edificación. Los detalles de la túnica son increíbles…

Todavía no ha empezado la visita y ya estoy babeando. Mi amigo Manolo me arrastra escaleras abajo y empezamos a leer. Y es que, bajo la placa con el número de la sala hay un pequeño cartelito que describe, en varios idiomas, qué se puede ver a continuación y en qué época está circunscrito. Las salas de Prehistoria abarcan desde fósiles animales hasta restos fenicios, tartessos e íberos, justo hasta el momento de la invasión romana, todo ello repartido a lo largo de once o doce salas que bien merecen dos horas para ser examinadas con requerimiento. Como sería cruel describirlas una por una, me limitaré a resaltar lo que más me llamó la atención: el tesoro de Ébora. Aunque el museo contiene una reproducción del tesoro de El Carambolo, típica muestra del arte tartesio que se ve en los libros de historia, el de Ébora es mucho más bonito: son joyas de mucho menor tamaño y más delicadas y finas, con una filigrana diminuta e intrincada. Yo le había estado pidiendo a Manolo una espada de bronce muy bien conservada (además de un par de puntas de flecha que me llamaron la atención, claro), pero inmediatamente me volví y le dije: “Manuel, te cambio la espada por estos pendientes”. ¡Menuda maravilla! Los tesoros están expuestos en una sala cuyas paredes están forradas de tela negra, totalmente a oscuras, de modo que sólo el oro está iluminado y el efecto es increíble, subyugador. En las paredes, carteles explicativos de la riqueza y rutas de comercio en la depresión del Guadalquivir, pero hay que hacer un esfuerzo para leerlos o para admirar una estatuilla votiva que se encuentra en un nicho, frente al tesoro de El Carambolo.

Aunque la fascinación que el oro me produjo fuese la que ha quedado patente en estas líneas, no hay que olvidar los ídolos cilíndricos, las placas de piedra grabada que representaban espíritus protectores, las primeras estelas de piedra que simbolizaban guerreros y carros, los primeros utensilios de bronce, puntas de flecha, vasijas… En otra de las salas había reconstrucciones y mapas de diversos túmulos funerarios. Para mi sorpresa, toda la provincia de Sevilla está repleta de este tipo de monumentos que ni he visitado jamás ni conocía su existencia, lo cual me incita a hacer turismo por los pueblos de alrededor. Y, como curiosidad, repartidas por las salas, cajitas de PVC que contienen resinas o virutas que reproducen el olor de aquellas épocas, bien los inciensos votivos, los perfumes de los poderosos o los aromas imperantes en una cueva neandertal.

Otra cosa que me llamó poderosamente la atención fue la última vitrina: un estudio de las patologías a través de los huesos. Allí pudimos ver fracturas de cráneo, signos de osteoporosis e incluso tumores óseos. Para nuestra maravilla, alguien con un agujero en el cráneo digno del mejor trepanador sobrevivió a tamaña herida tiempo suficiente como para regenerar gran parte del hueso y se podía diferenciar con facilidad la materia regenerada de la original. A pesar de todo, aún quedaba un buen agujero. Fascinante.

Terminadas las salas de Prehistoria, subimos las escaleras… Y nos fuimos, para qué mentir, que dos horas mirando vitrinas y leyendo letreros cansan un poco. Pero volvimos para ver las salas llamadas de Arqueología, que requirieron dos tardes para poder mirarlo todo con detenimiento. Prácticamente todas las salas están dedicadas a la ocupación romana, tan sólo hay una dedicada al arte visigodo y otra a la etapa islámica. Según palabras de una guardesa del museo que pegó la hebra un rato con nosotros, civilizaciones posteriores utilizaron el material romano, con lo cual hay pocos restos realmente representativos que puedan exponerse. Tras ver vasijas, lámparas y aguamaniles árabes, una galería similar a la que nos permite entrar en el museo nos lleva hasta la salida. En esa galería hay dos gárgolas increíbles, un león y un águila que sobrecogen por lo humano de su expresión, y dos sarcófagos de mármol, únicas muestras de los siglos posteriores a la Reconquista.

Os podréis imaginar que, a la hora de explayarme, me voy a dedicar sólo a las salas dedicadas a los romanos… Recuerdo cuando visité Itálica por primera vez. Imagino que sabréis que Itálica es la ciudad donde nació el emperador Adriano y que sus ruinas se encuentran en el actual Santiponce, pueblo en el que apenas arañas el suelo encuentras algún que otro resto arqueológico de interés (las historias que nos contó la guardesa al respecto dan para otra opinión). Pues bien, cuando estaba en cuarto de EGB y vi las ruinas, mi mayor decepción fue constatar que las casas eran de ladrillo, que no había nada del esplendor en mármol que yo esperaba encontrar. Mis únicos recuerdos agradables fueron el mosaico de los Planetas y las estatuas de Diana Cazadora y Adriano… Pero ése desengaño se compensó con creces en esta visita. De hecho, el Adriano y la Diana originales están sitos en distintas salas de este museo.

¿Cómo os puedo contar todo lo que vi sin hacer de esta opinión algo tan largo como El Quijote? Quien no haya estado en determinadas salas no puede saber lo que es sentirse pequeñita y sobrecogida ante tanta magnificencia y esplendor… Así que me saltaré las primeras salas, con estatuas de caballos y leones y utensilios de uso cotidiano (¡tan iguales a los que usamos hoy en día que parece mentira que esas sartenes no tengan recubrimiento de teflón!), me saltaré los mosaicos, un Mercurio con un cuerpo que ya lo quisieran algunos modelos de hoy en día, un busto de Alejandro Magno (que tantos disgustos literarios me ha dado), tablas de mármol con huellas de pies que servían como ofrendas votivas, muestras de cerámica, tablas de bronce con las leyes grabadas en ella, estatuas de héroes y atletas y mil cosas más para ir a LAS SALAS. Así, con mayúsculas. Creo que son las salas XVIII y XIX (la numeración es romana, sí, incluso en las salas de Prehistoria, no me lo he inventado para que los números estén más acordes con el tema), pero no podría asegurarlo. De todos modos, cuando las veáis, sabréis que son ésas a las que me refiero.

La primera de ellas es una sala de tamaño medio, presidida por dos columnas corintias (esas cuyo capitel tiene hojitas de acanto, curvadas hacia fuera) entre las cuales se haya la estatua de la Diana Cazadora. Frente a la estatua, dos aras con motivos báquicos. Tras ella, contra la pared, dos ninfas que vertieran agua en una fuente en el anfiteatro de Itálica. Mármol, mármol y más mármol en figuras de una belleza increíble. El detalle de que las columnas realmente parezcan soportar el techo me encantó, fue como estar en la entrada de un templo… Detrás de la diosa, entre las ninfas, están las maquetas de dos edificios romanos, bastante curiosas y detalladas.

La siguiente sala también impresiona: es una sala oval, de techo altísimo. Entre la puerta por la que entramos y la puerta por la que hemos de salir se encuentra un mosaico cuyos leones parecen a punto de saltar, tal es su realismo. Y alrededor del mosaico, todo un muestrario de bustos, estatuas y columnas de capiteles compuestos. Allá está Adriano: la estatua que yo viera en Itálica está enfrentada a un busto de ese mismo emperador (que tanto me gusta después de haber leído Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar). A los pies del busto hay un brazo tan largo como yo, componente de una estatua colosal. Pueden verse los agujeros que permitían sujetar ese brazo al resto de la estatua y es de admirar el realismo de la vena que recorre el antebrazo… En increíble ver el detalle con que se representa cada parte del cuerpo, pues cada ondulación del músculo o de la carne tiene fiel reflejo en el mármol. Es maravilloso. Otra estatua luce coraza e hipnotiza lo intrincado de su ornamentación. Un busto representa a Ares, y no sé por qué a mi me recuerda a un Pericles que vi en un libro de Historia hace muchos años. Todo en la sala es tan grande, tan regio, tan hermoso, que segrego babas a miles y Manolo vuelve a sacarme a rastras de allí.

Aunque otras salas no sean ni mucho menos tan suntuosas como las que ya he descrito (y designado como mis favoritas), también merecen una mención: son las salas dedicadas a la muerte. En una de ellas se representa un enterramiento y fue impactante ver cómo a mi acompañante se le erizaban los vellos ante la mirada de una gorgona que presidía el recinto. A mí me sobrecogió mucho más ver un ánfora rota que contenía un esqueleto de bebé: los nonatos y los recién nacidos se enterraban en vasijas, y la guardesa del museo nos contó que era impresionante la cantidad de esqueletos que se conservan en los almacenes del museo. Parecen de mentira, tan pequeños y de apariencia tan frágil. También se mostraba una serie de urnas para guardar las cenizas, y se puede observar cómo incluso en la muerte el dinero nos distingue a unos de otros: había sencillas urnas de arcilla y elaboradas obras de arte en mármol y alabastro. Me pareció entender que lo más usual eran las cremaciones, pero en la sala adyacente había un amplio muestrario de lápidas que rodeaban un hermoso mosaico de tritones. A modo de curiosidad, os diré que el “Descanse en paz” de aquella época era una frase, “Que la tierra te sea leve”, que por alguna razón me pareció muy sencilla y bonita.

Además de todo lo que he contado, vimos ánforas, bandejas con oquedades para estandarizar los volúmenes de los recipientes, capiteles de diversa índole, todo tipo de representaciones de dioses, estatuillas que se ofrendaban en los templos, monedas, juegos… Un paraíso para alguien con un mínimo de curiosidad y un mucho de imaginación.

En conclusión, para mí, que soy residente en Sevilla y puedo volver a terminar la visita o a volver a mirar lo que quiera en cualquier momento, el Museo Arqueológico de Sevilla es el Edén, un lugar en que mirar a placer y soñar con el esplendor de las civilizaciones clásicas. Para quien venga de paso y no se pueda detener tanto, también es una excelente opción… Pero seguro que algo se pierde 😛

La única pega que le veo es que yo soy lega en materia de historia, luego hubiera agradecido algún cartel más con explicaciones que abarcasen algo más que lo meramente artístico. Hay que reconocer que, si así fuera, se tardaría dos años en hacer la visita completa, claro.

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