En la página 101 de la edición que yo tengo de “Memorias de Adriano”, la gran novela de Marguerite Yourcenar, se lee:

“…En Hispania, en los alrededores de Tarraco, un día que yo visitaba una explotación minera medio abandonada, un esclavo, cuya larga vida había transcurrido casi toda en aquellos pasadizos subterráneos, se me abalanzó empuñando un cuchillo. No sin lógica quería vengarse en la persona del emperador por sus cuarenta y tres años de esclavitud…”

Esta anécdota novelística, que desconozco si se fundamenta en un suceso histórico, pone de relieve la gran importancia que la civilización romana otorgaba a la minería. No podía ser de otro modo. Si en algo se distinguió la antigua Roma fue en el desarrollo de la arquitectura y de las obras públicas.

Racionalistas y pragmáticos, eficaces gestores de un imperio enorme para aquellos tiempos, los romanos fueron impulsores de espectaculares monumentos civiles, militares y religiosos. Pero para materializar su particular manera de entender la urbanística, donde no escaseaban los edificios de grandes dimensiones, precisaban de un suministro constante de piedra y materiales de construcción.

Cómo llegar a El Mèdol

En las afueras de Tarraco, la actual Tarragona, se encuentran localizadas varias canteras romanas. La más importante de todas, y la mejor conservada también, es la del Mèdol, situada no muy lejos del núcleo urbano.

Se cree que con los bloques de piedra extraídos de esta explotación a cielo abierto se construyó la muralla ciclópea que rodea parte de la ciudad y muchos de los edificios señoriales de la que fue capital esplendorosa de la Hispania Citerior.

El Mèdol, ¿dónde está?
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Lo más cómodo y rápido, para llegar a la cantera de Mèdol, es hacerlo en automóvil a través de la carretera de Barcelona / Autopista A-7, Área de Servicio el Mèdol. Pero si se dispone de tiempo y ganas de hacer ejercicio, la mejor posibilidad (y más para los que no tenemos coche) es la de ir un ratito andando, y otro caminando.

Los que se inclinen por esta segunda opción, encontrarán en la página web un mapa esquemático de la situación geográfica y una sinopsis abreviada de las características básicas de la ruta. La gran ventaja del recorrido a pie (hablamos de un paseo de unos 10 kilómetros partiendo de Tarragona ciudad) es la de poder integrarse de lleno en el interesantísimo paisaje. Una vez dejamos atrás la N-340, justo a la derecha del monumento de la Torre de los Escipiones, la excursión se convierte en un itinerario de pistas forestales donde es posible admirar las características del bosque prelitoral, tan típico de esta zona.

El recorrido

El caminante avanza entre un terreno de orografía cambiante y formaciones más o menos uniformes de pinos, que son rotas de vez en cuando por la presencia de algarrobos, de cipreses, de alguna higuera, e incluso de algún olivo solitario, que parece indicarnos con su vieja estampa que nos acercamos a un lugar con muchos siglos de antigüedad.

El paisaje de esta comarca es así. Imprevisible y variopinto. Si el recorrido se hace en un día ventoso (yo recomiendo a primeros de junio, cuando el aire corre y el calor aún no aprieta) es un placer escuchar el ruido de las ramas de árboles tan distintos, como una melodía de instrumentos extraños y misteriosos.

Por fin, después de la sinfonía vegetal y de andar una hora y media por esta sucesión de sendas forestales, llegamos a la cantera propiamente dicha. El Mèdol es como un gran cráter de volcán apagado, como una gran depresión de unos veinte metros de desnivel. Una de las cosas que más llama la atención, es que la vegetación ha recuperado su dominio anterior. Por aquí y por allá se ven restos de bloques de piedra y antiguos escalonamientos artificiales de la montaña, pero todo esto se ubica en mitad de un bosque que ha rebrotado con fuerza a lo largo de los milenios.

La naturaleza, más persistente que que el propio hombre, ha recuperado lo que era suyo antes de que este lugar se transformara con los afanes excavatorios de una civilización empeñada en romanizar el mundo.

Lo más emblemático de esta antigua cantera es un obelisco situado en su centro geométrico, llamado “L’agulla del Mèdol”. Este monolito pétreo señaliza el nivel original del suelo antes de iniciarse la explotación minera. Se calcula, partiendo de este elemento de referencia, que en el Mèdol se extrajeron unos 50.000 metros cúbicos de piedra. Uno, al encontrarse delante de este obelisco que compite en altura con los árboles adyacentes, no puede evitar quedarse extasiado ante el colosal trabajo realizado. Sorprenderse y entristecerse a la vez.

Uno, además del viento entre las ramas, cree oír el chasquido del látigo e intuye el sufrimiento de los esclavos que trabajaron y murieron contra su voluntad en este emplazamiento. Los imperios, incluso los más civilizados, siempre se han construido a base de inteligencia y sufrimiento. Es la macabra ley que rige la Historia.

cantera romana el medol

Otro aspecto a tener en cuenta en el Mèdol, y esto lo saben bien los aficionados a visitar ruinas y monumentos arqueológicos, son los diferentes matices de color que adquiere la piedra según la luz de los momentos del día. Vale la pena invertir toda una jornada para realizar esta excursión para así poder admirar este cromatismo cambiante a lo largo de las horas.

Contemplar una puesta de sol, entre estos vestigios del pasado, es un experiencia casi mística que todo el mundo debería experimentar al menos una vez en la vida. Ver esta piedra antigua enrojecerse con el crepúsculo te hace reflexionar sobre la relatividad de las cosas y la fragilidad de todo lo humano.

Los hombres y los imperios desaparecen como desaparece el astro solar detrás de la línea del horizonte. Pero la piedra y la naturaleza se diría que permanecen. En lugares como la cantera del Mèdol, el pasado se nos presenta lejano y próximo al mismo tiempo.

Hay una frase de Marguerite Yourcenar, en las notas finales de su novela histórica, que resume muy bien esta sensación:

“… bastarían veinticinco ancianos para establecer un contacto ininterrumpido entre el emperador Adriano y nosotros…”.

Cierto y paradójico. Sólo unas cuantas generaciones nos separan de estos hombres romano-imperiales que con su esfuerzo constructor contribuyeron a la grandeza de Tarraco.

Hombres como nosotros, efímeros y perecederos, que aspiraban a sobrevivir a la muerte y al olvido a través de sus monumentos, pero que a nivel cotidiano se conformaban (igual que nosotros) con volver a ver salir el sol al día siguiente.