Cabo Finisterre

Se acabaron las vacaciones. El Sábado regresé de pasar una maravillosa semana por tierras gallegas y es momento de comenzar a relataros mi fabuloso viaje por A Costa da Morte, así que comenzaré hablando de la zona más bonita que vi en todo el viaje, la zona que llevaba años y años queriendo visitar y por fin esta semana he podido cumplir mi sueño de estar allí. Os hablaré del Cabo Finisterre.

El Pueblo de Finisterre

Lo primero que se debe hacer al llegar a Fisterra es dar un paseo por sus calles, sobre todo acercándonos al casco viejo cercano al puerto, con callejuelas estrechas y preciosas, luego el puerto es muy bonito verlo, sobre todo por la noche.

Una de las cosas imprescindibles de visitar en Fisterra, es el Castillo de San Carlos, que alberga el pequeño museo de la pesca desde hace más o menos un año. San Carlos, en realidad no es un castillo, sino que es una fortificación que se levantó en el pueblo para ayudar a las otras dos fortificaciones de la zona a protegerse de ataques de los barcos piratas. Lo quemaron los franceses y fue reconstruido y ahora alberga este pequeño museo.

Otra cosa imprescindible es la Iglesia de Santa Maria das Areas, que ha sido declarada monumento histórico artístico. Es de estilo gótico, barroco y románico, gracias a las remodelaciones que ha sufrido desde que se construyó. Allí está el cristo de Fisterra, delante del cual los peregrinos rezan al finalizar el camino de Santiago.

También podemos fotografiarnos junto el monumento al emigrante, que nos recuerda a todos los gallegos que emigraron a América sobre todo.

En la lonja, nos explicaron que podíamos ver como se vendía el pescado y el marisco que se captura, aunque nosotros no nos coincidió el verlo.

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Como es lógico, este es un pueblo excelente para degustar los pescados y mariscos que se capturan por aquí, hay muchos restaurantes donde elegir, casi todos por la zona portuaria y todos bastante bien de precio. Nosotros cenamos en uno que se llama O Tearron y la verdad es que salimos muy contentos después de comer una paella de marisco muy rica.

Si quieres disfrutar de una excursión a Finisterre y Costa da Morte, puedes contratar una excursión con guía en la que descubrirás todos los secretos.

Cabo Fisterra

Por fin llegó el segundo día de viaje, un día soñado. Me levanté pronto, pues ese día íbamos a subir por fin al faro de Fisterra, al cabo, al fin de la Tierra.

Llegamos a las 10 de la mañana al faro. Todo estaba tranquilo. Hacía un día precioso y despejado, unas temperaturas altas que parecían burlarse del lugar donde nos encontrábamos, ya que allí casi siempre arrecia el viento, pero aquel día no, siquiera las brumas marinas.

Cuando vi el faro de lejos empecé a emocionarme, y eso que el faro es más bien normalillo, ya que he visto faros mucho más bonitos que ese, pero la sensación de estar en ese lugar me emocionaba tanto, que ni siquiera quería hacer caso a los insistentes gritos de mi novio para que le hiciese una foto frente al faro. Lo primero que hice fue acercarme a una cruz que se encuentra a la derecha del faro y observar la ría de Cee y después a la derecha, donde ya observe la inmensidad del mar con una insignificante roca en medio.

Después entramos dentro del faro, que alberga un pequeño puesto de información y turismo, donde nos dieron un mapa de Finisterre, aunque ya lo habíamos visitado. También había una exposición de pintura de una artista local que vendía sus cuadros y en otra sala, numerosas fotos de los faros de la zona, fotos por cierto muy bonitas e impresionantes.

Cuando salimos del faro, nos acercamos por fin a donde yo quería llegar, a la mismísima punta del faro, donde pudimos observar la numerosa ropa de peregrinos y los lugares donde quemaban los ropajes algunos.

Bajando por las rocas puedes llegar casi hasta tocar el agua del mar, pero eso ya es para los más atrevidos, porque yo me sentí incluso un poco mareada por la altura y la sensación de ver todo agua a mi alrededor sin un final.

Sentarte allí en una roca y dejar que la suave brisa te de en la cara mientras contemplas el mar infinito, es tan relajante… te quedas realmente relajado allí y no quieres levantarte nunca, es una sensación muy extraña la que yo sentí allí.

La verdad es que no quería irme. Estuvimos allí más de dos horas y no quería marcharme de allí, es un lugar tan bonito que da mucha pena echar a caminar y dejarlo atrás. Hice numerosísimas fotos y allí también hay un bar y un lugar donde poder comprar un recuerdo. Yo compré un par de postales con fotos aéreas de la zona, muy bonitas.

cabo finisterre

Es facilísimo llegar a la zona, porque la carretera que te lleva por toda la costa de la muerte, es la misma que te lleva hasta el mismísimo cabo, y es una carretera que está arreglada y bastante bien. Hay bastante sitio para aparcar, pero lo mejor es ir temprano, como hicimos nosotros, porque a las 12 de la mañana cuando ya nos íbamos, estaba el aparcamiento lleno y había muchísima gente, sin embargo cuando llegamos allí solo estábamos nosotros y otro par de coches más, por eso era tranquilísimo.

Si quieres disfrutar de este entorno desde un punto de vista único, también existe la posibilidad de realizar un paseo en barco por Finisterre.

Según nos contaron las personas del lugar, las tempestades hay son realmente terribles y da bastante miedo, es por eso por lo que en el faro hay instalados unos enormes cuernos que cuando el temporal es tan fuerte que no se puede ver bien el faro, emiten un sonido muy fuerte para orientar a los barcos, ya que es una zona que está sembrada de naufragios y algunos como ya dije antes, son realmente trágicos.

Si podéis no dejéis de pasaros por esta zona tan preciosa, yo espero poder volver algún día, aunque parezca que estamos relativamente cerca de Galicia, desde León a Finisterre hay casi 500 kilómetros, pero merece la pena recorrerlos.

Ruta recomendada: de Ribeira a Finisterre

Un viaje tiene siempre un principio, a veces lejano, perdido en meses pasados, envuelto en bruma. Y este viaje nació de mi como un torrente de claridades y reflejos. Un viaje se puede soñar o se puede convertir en tu sueño.

Un viaje comienza una mañana, es lo correcto.

A veces el viaje termina cuando uno se baja del coche y entra en su casa, con la noche ceñida a tus espaldas. A veces un viaje nunca se acaba. Mi viaje aún está aquí, rogándome que me deje llevar, de nuevo, por sus caminos. Deseando que no olvide.

Como buen viaje, este comenzó una mañana dorada, al borde del mar. Una mañana dorada …

Saliendo de Ribeira, por la carretera que bordea la costa camino de Noya, el camino se ciñe a los accidentes del terreno, de manera que parecemos mecernos mientras bordeamos un mar de un azul intenso y una solemnidad de convento. A nuestra derecha la sierra del Barbanza, rocosa y desnuda, nos acompaña sembrada de casas de piedra que parece han buscado cobijo en sus faldas pedregosas y recias.

Me detengo en Xuño, junto al río Sieira, para rendir visita al puente medieval. El camino es estrecho y casi puedo oír mi corazón acompañando al viento. Temo a las prisas y se me antoja un lugar perfecto para mirarme a los ojos. El agua ronrronea y la mañana es aún una niña. Me lleva de la mano hacia rincones de mi alma que permanecían cerrados aunque ¿no son todos estos recuerdos que afloran los que me atrapan? Distantes a veces, como una imagen de piedra tallada, y otras tan próximos que hasta los respiro como si de aromas cercanos estuvieran hechos.

Me aguarda aún un hermoso viaje y dejo el puente y sus silencios sembrados de suspiros y de sueños.

Noya pasa breve con sus callejas y sus sombras arboladas saludando tímidamente mi mirada abierta como las puertas de un templo. Y miro de reojo y no me detengo, porque mis ojos hambrientos aguardan aún más sorpresas.

Llego al final de la ría de Noya y la serrería sestea reflejada en un cristal, mientras la belleza trepa sin tregua desde los pies al alma viajera que me arrastra más allá de cuanto he conocido. Me recreo, como si contemplara un lienzo valioso de museo y dejo que el coche recorra la serpenteante carretera como si se meciera con la brisa, recreandome en los reflejos del sol en el agua tranquila, dejando que el paisaje me anide hasta que el verde y los azules sean mi sangre y mi sendero.

Serra de Outes, otra Ribeira y el camino nos anuncia Muros, que siempre sorprende y te cita, en secreto, porque se ha encaprichado de tus pasos y tus miradas. ¿Solamente Muros, me pregunto?

Y desde Muros ya no hay vuelta atrás. Espera un espectáculo indefinible de azules de agua, arenas blancas, puentes y ríos; de montañas orgullosas, modestas playas y aromas inmensos. Y a cada paso, en cada recodo, presiento que soy feliz y que si pudiera sería capaz de volar.

Voy creciendo como la mañana y me empujan las ganas y las risas contenidas mientras esta tierra me enseña cuanto se me antoja tan hermoso como un hermoso sueño: un hórreo, un lago… un faro.

Cuando al fin llego a Finisterre soy ya el viaje mismo. No hay distancias ni sombras ni fatigas. He recogido la luz y la brisa y el vuelo de las aves y todo ello está en mis ojos y en mis manos. Miro el horizonte inimaginable apenas y soy aire y nada existe ya en el universo, solo este segundo que se extiende infinito y me engulle en silencio.

Por momentos miro en secreto este bello paisaje mientras mis palabras saltan alegres como queriendo pintarlo en el aire. Está el faro, al fin, al alcance y no me atrevo a marcharme.

Corcubión vestido de medievo y Cee como un suspiro y vuelta por las vueltas del camino que ciñe el mar como una mano delicada, para bailar con las mareas y dejar los reflejos flotando despreocupados hasta la puesta del sol.

Trepo al mirador, en Ezaro, y siento que este día me lo ha dado todo para deleite de los ojos, de los pensamientos y de mi alma. La sonrisa es mi premio y la guardo en mi memoria como un tesoro, como el agua de un jardín secreto.

El regreso se demora en rincones ya amigos en una despedida alegre y agradecida, hasta que acudo a esa cita en Muros y me llevan los pasos por sus calles, admirando cómo me han convertido, en una día tan solo, en el dueño de esas piedras y añoro a quién sepa nombrar las flores y los árboles; solo para mí.

Con la puesta de sol aún flotando delante de mí, como un velo de color arrastrado por las sombras, llega la hora de apearse. He salido de algún remoto escondite donde solo caben los colores brillantes. Me he bañado en un torrente cristalino. Vengo de descubrir algo nuevo y solo queda recordarlo por siempre.

Dedicado a todos aquellos capaces de emocionarse con un trino, de soñar despiertos y de agradecer la belleza de la tierra… y de las personas.

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