Actualización: The City Quilter ha cerrado sus puertas pero os dejo con mi experiencia para que descubráis cómo era esta maravillosa tienda de manualidades.

Este año se cumple el décimo aniversario de esta tienda, todo un «templo» de obligada visita para los aficionados al patchwork o a las manualidades con telas. El patchwork consiste en unir con distintas técnicas trocitos de telas diferentes para conseguir colchas, cuadros, manteles, etc.

No conozco a nadie que haga patchwork y no sea adicta a la compra de telas, pues siempre aparecen telas nuevas con diseños alucinantes, o te falta justo una concretísima tonalidad que te pones a buscar como loca, y en la búsqueda, encuentras otras telas que te enloquecen y deciden volver contigo a casa.

Esta tienda, está situada en el 133W de la 25th de Nueva York, es decir, en el número 133 del lado oeste de la calle 25, manzana situada entre la Avenida de las Américas (6th) y la 7th. Esta forma de dar las direcciones parece incomprensible, pero la verdad es que en cuanto coges un mapa de Nueva York es todo de una simpleza impresionante.

Cada vez que voy a Nueva York peregrino a esta tienda, para pasarme nunca menos de una hora en ella, deslumbrada por sus más de 1200 rollos de tela, perfectamente ordenados por tipos de telas y, dentro de esta clasificación, por colores. 220 metros cuadrados dan para mucho, y no sólo venden tela, sino también artículos con los que trabajarlas, libros, patrones, hilos…

Sólo hay algo mejor aún que lo que venden: las vendedoras. En una ciudad hostil como es Nueva York, entrar en esta tienda para mí es un regalo de los Joshes. La primera vez que fui fueron extremadamente amables, serviciales, pacientes con mis dudas a la hora de elegir in con mi inglés, con el que a veces me aturullo porque pretendo hacer frases igual de enrevesadas que en castellano.

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Desde entonces, cada vez que vuelvo me tratan con una calidez que me deja anonadada. Se acuerdan de mi nombre, hemos ido hablando de mi trabajo, de qué hago cuando voy a Nueva York, de mis labores, y… el otro día fui y había una dependienta nueva que había oído hablar de mí a las demás. Debería haber mencionado esto en mi opinión sobre «pequeños placeres». Sólo yo sé el placer que me produce llegar a un sitio remoto en un país extraño y ver que me reconocen y me tratan como «de la casa». No sé cómo se ha ido desarrollando cierta complicidad, que si me llega tanto al corazón es porque se da con personas que veo una vez cada dos o tres meses, sólo un ratito, y en situaciones que no se prestan a fomentar vínculos de amistad.

Hoy mismo, que estoy en el exilio, iré a comer a un pequeño sitio japonés donde los empleados ya saben lo que voy a pedir, y ni siquiera me hacen pedirles los cubiertos, como hacía antes, sino que me los dan guiñándome un ojo. La verdad es que siempre flipo con «la bondad de los extraños» (frase de Tennessee Williams que me llevo grabada a fuego), que tan bien te hace sentir cuando estás lejos de casa y solo.

Nunca olvidaré la vez que entré en The City Quilter, cuando apenas me conocían, y Nancy se echó las manos a la cabeza, me dió un abrazo y me dijo «sabía que ibas a venir, porque ayer pensñe en tí. No había gente y empecé a pensar en mis clientas preferidas, por eso sabía que vendrías. Siempre me pasa». La verdad es que Nancy es vidente, pero yo no he querido hablar de ese tema. Muchísimas veces se anticipa a cosas nada previsibles que yo le voy a comentar. Me deja alucinada cada vez que lo hace, como cuando me dijo «¿Qué es lo que me vas a mostrar?», sin poder siquiera imaginarse que yo le llevaba unos dulces de España. Otra vez empezó a hablarme de una preciosa niña china adoptada, dando una vez más en el clavo sin tener ni idea de si tengo hijos o no. Misterios, pero no me atrevo a mencionarle esta capacidad que he observado que tiene.

En resúmen, que te acogen como si fueran tu abuela (pero no son viejas, en absoluto), haciendo lo posible y lo imposible por complacerte. Se ve que disfrutan con lo que hacen, que les gusta adivinar los gustos de cada cliente. Hacen de su tienda una especie de edén en el que aislarte del bullicio y la mugre de fuera y recrearte imaginando las horas de tranquilidad y placer que pasarás cosiendo loq ue allí compres. Yo salgo de allí que parezco Julie Andrews cantando en la colina, y creo que si no llego a hacerlo es porque voy cargada como una mula con todo lo que compro.

Según entras en la tienda, te quedas un poco patidifusa por la ingente cantidad de telas, porque elegir… no es el fuerte de ninguna quiltera. Somos unas plastas tremendas que tardamos horas en decidir si comprar la tela rosa palo con una pequeña hoja verde menta o la rosa palo con la hoja verde menta un poquito más grande. Parece quenos fuera la vida en ello. Tan indecisas somos eligiendo que en la tienda, justo junto a la puerta, hay un sillón tipo «Emmanuelle», también llamado «el sillón de los maridos». Más de una vez he tenido que contener la risa al mirar de reojo a uno de esos maridos que contempla estupefacto a su esposa mientras la otra se debate entre los puntitos azul eléctrico y azul pavo real. Lo mejor es cuando ella le pregunta ¡a él! cuál va mejor con su idea, sin que él sepa siquiera de qué idea le habla. La respuesta más graciosa la escuché el otro día, cuando una mujer le preguntó a su marido si había elegido bien (unas telas) y él le dijo: «para ser sinceros, es una elección equivocada a todos los niveles». Luego me enteré de que llevaban más de 3 horas en la tienda buscando la tela perfecta.

Tras el sillón de los maridos, tienen una selección de telas de Navidad y de Halloween (todo el año), una gran variedad de hilos de todo tipo (metálicos, multicolores, de seda, para coser a máquina…), telas japonesas, infantiles, retro, paneles, programas de ordenador para facilitar el diseño, libros de aplicación, de costura por números, de bordado, de… todo loq ue te puedas imaginar relacionado con la tela y el hilo.

Entre unas secciones y otras están las puertas que conducen al taller donde imparten clases (sueltas o continuadas, adaptadas al nivel de cada alumna o centradas en proyectos concretos). La profesora, Amy, es un encanto, y como sabe que yo no puedo ir a clases, no duda en decirme «pero si para esto no hace falta clase, mujer, que viene muy clarito en las instrucciones, y si tienes dudas me mandas un mail y te explico».

Al otro lado de la tienda están las infinitas reglas, alfileres de distintos tipos, marcadores, cortadores, tijeras, moldes, dedales, plantillas… y de nuevo pasamos a las estanterías de telas, esta vez ordenadas por colores, dentro de las categorías de batiks, lisas, de doble ancho (para utilizarlas como traseras), de fieltro, minky (un tejido que parece una felpa sedosa, para bebés), floreadas, de rayas, jaspeadas, irregulares, tono sobre tono…. hasta ahy una estantería completa de telas negras, porque hasta en el negro hay tonos y motivos. Es de risa encontrarte eligiendo entre 8 tipos de tela negra sin más, y la verdad es que se nota que una es más negra, otra tira a gris, otra es más brillante…

Al ser tan grande la tienda, hay espacio suficiente para las tres mesas enormes en las que muestran algunso productos novedosos y de capricho, así cómo paquetitos que incluyen varias telas que combinan perfectamente, para evitar la larga búsqueda de la mezcla perfecta.

Para cortar las telas tienen una mesa enorme en la que pueden ir apilando varias para cortarlas todas a la vez con una precisión pasmosa. Si subrayo esto es porque en España no es raro ir a una tienda de telas y que te rasgen el tejido para cortarlo, algo que fastidia el producto. En The City quilter cortan con esmero cada cosa y en un par de minutos tienes todas tus telas cortadas y todo vuelve a su lugar.

Yo sé que esta tienda no es «de interés general», pero también sé que interesará muchísimo a cualquier aficionado (también hay hombres que cosen y diseñan) que visite Nueva York.

Según voy hablando de la tienda, más y más ganas tengo de volver, aunque no necesite nada esta vez. Para que os hagáis una idea de cómo son, un día yo buscaba unas telas japonesas que ellos no tenían y una empleada me escribió de tapadillo el nombre y dirección de una tienda de la competencia, donde sabái que sí las tenían. Es algo impensable en otros negocios, pero en The City Quilter saben que decirme la dirección de los otros no les supone la pérdida de una clienta, pero para mí sí que puede suponer la solución para lo que busco.

Lo más cómodo de la tienda es que no te agobian ni te presionan. Tú entras, te saludan muy cariñosas, y te dejan a tu aire, porque saben que gran parte del placer de estar allí está en contemplar lo que ofrecen. Son cariñosas y cercanas, pero sin pasarse jamás ni ser «meticonas», valoran las labores de cada clienta como lo que son: obras únicas de las que cada una está orgullosa.

Los precios son muchos menores a los de las tiendas españolas, algo comprensible porque aquí venden esas telas como productos de importación. Es verdad que esas mismas telas a menudo las encuentras un poco más baratas en páginas web especializadas en la venta de productos de patchwork, pero a mí me merece la pena pagar ese pelín adicional por ver la tela cn mis propios ojos antes de comprarla.

Si un producto no lo tienen te lo encargan, por minúsculo que sea, y tienen una página web, pero yo estoy harta de decirles que su página no está a la altura de la tienda. El diseño de la página es pobre y sólo ofrecen unas poquísimos productos. Yo pienso que tienen la página porque hoy en día hay que tenerla, pero no ponen especial esmero en ella. Eso sí, se ofrecen a mandarte lo que quieras aunque no venga en su catálogo online.

Ahora estoy dedicada a sacar fotos a mis labores, porque me han dicho que quieren verlas. Es que hasta la forma de decir las cosas que tienen me gusta, pues lo que me dijeron es «trae las fotos, porque siempre se puede aprender y sacar ideas de lo que hace la gente». Yo aprecio un toque de modestia en estas personas que tanto saben de patchwork ¿Qué van a aprender ellas de mí, una mera aficionada? Pero te lo dicen como si tu labor fuera interesante y única.

Tal vez me desmeleno tanto alabando esta tienda por el enorme contraste que hace con lo que la rodea, pero la verdad es que da gusto ir allí. Jajajaja, ahora que lo pienso, para mí The City Quilter es como «Cheers», «where everybody knows your name».