Mi primera visita a New York estuvo rodeada, como no podía ser de otra manera, de impresiones indescriptibles. Nada más apearme del avión, la visión del Skyline, dominado entonces por las dos torres gemelas, me dejó absolutamente turulato. Y eso era tan sólo el comienzo de la visita a una de las ciudades más ricas en atractivos turísticos del mundo entero…

Obviamente, disfruté de todos esos atractivos e incluso de muchos otros que no suelen ser pasto del turista convencional (como buen fan del béisbol no dejé pasar la oportunidad de visitar el Yankee Stadium). Sin embargo, lo que más me impactó fue quizá lo más inesperado: un lugar sorprendente en la punta superior de Manhattan, allá donde se puede observar todo el ímpetu del río Hudson cuando se ramifica para dar nacimiento a esta isla prodigiosa que se ha convertido en el centro de la economía mundial.

¿Qué es The Cloisters?

The Cloisters es un museo o más bien una extensión del Metropolitan dedicada en exclusiva al arte medieval. Junto a las obras de arte de este período histórico (pinturas, tapices, esculturas,… algunas de ellas verdaderas joyas), su principal originalidad radica en exponer auténticos claustros románicos traídos desde Europa a principios del siglo XX.

Claustros auténticos (no reproducciones) insertados en un conjunto arquitectónico que imita el estilo románico, por lo que uno tiene una sensación muy rara cuando penetra en este museo. El conjunto parece una auténtico monasterio salido de algún valle pirenaico.

Los edificios destinados a albergar las obras son tan sólo imitaciones, algo que a los americanos se les da muy bien, pero los claustros son auténticos. Por ellos deambulaban los monjes en la lejana Edad Media.

¿Dónde está?

Como ya dije, en el extremo superior de la isla de Manhattan, un lugar privilegiado, raramente visitado por quienes no sepan expresamente que existe. De hecho, el conjunto está situado en el Fort Tryon Park, un enorme parque (27 hectáreas) que recibe el nombre de un fuerte británico en el que se libró una batalla durante la guerra de Independencia.

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Como en Nueva York lo que falta no son precisamente parques, no sé si recomendar su visita, aunque su localización es excepcional y permite tener una perspectiva poco usual de la ciudad.

De hecho, mucha gente cree que de Harlem para arriba no hay nada más que chabolas. La realidad es que la zona en que se ubica el parque (y el museo), Washington Heights, fue durante muchos años el barrio más selecto de la ciudad, donde residían los millonarios en suntuosas fincas.

Aunque la inmigración ha llevado la población a ser mayoritariamente dominicana, aún quedan restos del antiguo esplendor y en algunas zonas se alzan viviendas de clases privilegiadas. En cualquier caso, es una zona de Manhattan que vale la pena conocer, con magníficas vistas al Hudson y al Harlem.

¿Cómo llegar?

Puedo tan sólo contaros como llegué yo: pillando el autobús M6, que recorre la isla en sentido vertical y que te deja a la entrada del parque. Desde allí, una lanzadera te acerca hasta el museo.

El Museo The Met Cloisters

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No soy demasiado aficionado al arte medieval y tengo que reconocer que llegué a The Cloisters movido sobre todo por el morbo de visitar un rinconcito de historia catalana en la capital del mundo. Aún así, hay que reconocer que la colección artística que alberga el museo es notable.

La pieza más valiosa, sin duda, por ser también la más conocida y estar reproducida en multitud de libros de historia, es el célebre tapiz del Unicornio en cautividad, de origen flamenco (siglo XV). Junto a él encontraremos multitud de retablos, capiteles, vitrales, manuscritos, etc fruto de la rapiña de los millonarios americanos, de entre los cuales, hay que destacar a John Rockefeller Jr., autor de la mayoría de las donaciones.

Mención aparte merecen los restos arquitectónicos, traídos casi todos del Sur de Francia. Entre ellos destaca el claustro del monasterio benedictino de Sant Miquel de Cuixà, del siglo XII, en mármol rosa. Todas estas piedras, fueron juntadas en el conjunto actual en 1.935 por John Rockefeller Jr, quien adquirió además los terrenos y los donó a la ciudad. El conjunto tiene cierto aire kistch (casi todo es reconstruido), pero el ambiente general está muy logrado.

En general, se trata de un museo de dimensiones respetables pero que se visita muy bien en un par de horas y que no deja esa sensación de agobio que produce la sucesión interminable de salas repletas de objetos del Metropolitan.

Para un europeo, la visión de todos estos restos de nuestra historia en un entorno tan atípico produce sentimientos encontrados. Ahora bien, quién sabe donde andarían ahora muchas de estas obras de haber sido trasladadas a Norteamérica (bueno, el claustro de Cuixà estaría en Cuixá…).

En cualquier caso, ofrece una perspectiva diferente de la ciudad de los rascacielos y permite conocer una parte de la isla que guarda todavía cierto sabor de ese Nueva York de los magnates de la industria.

Muy recomendable. Si tú también quieres conocerlo, puedes comprar la entrada y evitarte colas desde aquí.