Arcos de la Frontera, en Cádiz, es un pueblo encantador, y prueba de ello es que tanto Azorín como otros muchos han dicho de él que es uno de los pueblos más bonitos de España. Está ubicado en lo alto de un vertiginoso tajo que parece precipitarse sobre el río Guadalete en una caída vertical de más de 100 metros de altura.

Al borde del precipicio sobre el que se asienta Arcos, se abren varios miradores naturales. Desde ellos se contempla un amplio paisaje de la campiña gaditana. 

Es un pueblo con aire morisco y medieval, ya que sus callejas de trazado caprichoso están flanqueadas por murallas. Cuenta también con grandes iglesias y mansiones nobiliarias, así como viviendas populares con deslumbrantes paredes encaladas, con patios interiores repletos de plantas.

El casco antiguo del pueblo es muy bonito, y está fraguado por siglos de historia. Despunta por encima de la peña a lo largo de casi un kilómetro, adaptándose a recortes y desniveles. A su alrededor, ladera abajo, se sitúan los ordenados ensanches del crecimiento reciente del pueblo.

La mejor manera de moverse por la localidad es ir a pie. A uno y otro lado de las calles hay escalinatas, plazuelas y estrechas calzadas sobrevoladas por pequeños arcos que parecen impedir la unión de sus muros laterales. Quizás el topónimo de la villa provenga de estos arcos aéreos, y no del latín arx (fortaleza), como pretenden los cronistas.

Visitando Arcos de la Frontera

Fue un verdadero acierto escoger aquel fin de semana para poder disfrutar tanto de la ciudad de Arcos de la Frontera como de su Parador. Quizás también la noticia de que a partir del domingo, las lluvias harían acto de presencia en la zona de la sierra del pasado invierno, nos llevó a agotar hasta las últimas horas del sábado y la noche disfrutando de este ambiente especial que se respira en todo el casco antiguo.

Arcos de la Frontera, ¿dónde está?
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El coche nos dejó en la plaza del Cabildo, donde radica el hermoso Parador, antigua casa noble convertida hoy en una residencia amplia de tres estrellas. Bien ambientada y con habitaciones desde cuyos balcones se puede contemplar el impresionante Tajo de Arcos que rivaliza con su parecido de Ronda en belleza y altura.

El aparcamiento, eterno problema de la villa de Arcos, es imposible ante el Parador, por lo que debemos tomar un taxi que nos lleve por las estrechas calles, con acento medieval en cada una de ellas, hasta la parte más alta; allá frente a la fortaleza árabe se encuentra nuestro bello destino para pernoctar.

La fachada seria y poco adornada de la casona señorial nos recibe bajo el sol que brillaba en aquella tarde de viernes. El escudo de su antiguo propietario hace el honor a cada visitante, y tras pasar por una puerta acristalada llegamos a recepción.

Amablemente atendidos por el encargado, nos asigna habitación doble en la primera planta y ya con la llave en la mano, tenemos dos opciones al salir al pasillo que rodea el patio principal de la casa, pintado en color rosa pálido y con una arcada que da acceso a las numerosas mesas que sirven para el desayuno o para tomar algún aperitivo, ya que el techo del patio está acristalado para protegernos de los elementos naturales.

Siguiendo el corredor situado a la salida de recepción, a la izquierda nos encontramos con los ascensores y la escalera, todo ello bellamente decorado con muebles rústicos, lámparas a modo de faroles y bello artesonado de madera en sus techos. Al fondo se pueden ver también los aseos para los clientes del parador y de los dos restaurantes que posee.

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Cogemos el ascensor hasta el primer piso y llegamos hasta nuestra habitación. Mi primera reacción fue precisamente dirigirme hasta la gran cortina que daba paso al balcón y la sorpresa se apoderó de mi cuerpo cuando, una vez asomada, vi la impresionante vista que se abría ante mí. Un auténtico mirador sobre el Tajo, 100 metros de altura desde la cual se domina toda la campiña de Arcos y donde el cielo se ve frecuentado tanto por las grajillas como los cernícalos.

El balcón está en el vacío. Allá abajo, muy lejos, estaba la base con los vehículos y las personas moviéndose como si se tratara de una maqueta espléndida.

Una vez instalados y descansados, bajamos a tomarnos algo en el restaurante del Balcón, situado en el mismo Parador con una magnífica vista desde su terraza. Dentro los que gustan de las sombras, tienen la posibilidad de tener el mismo paisaje tras la enorme cristalera que adorna el restaurante del Mirador.

Y puestos en marcha y aprovechando los rayos del sol, salimos hasta la plaza de la Iglesia de Santa María que aún conserva el litigio de su antigüedad, resuelta en 1764 por el Tribunal de la Rota en favor de ésta y en contra de San Pedro que levanta majestuosamente sus torres al fondo del balcón.
La subida a su torre es una visita obligada y por supuesto de pago. 3€ tienes que abonar para poder ver algo que no olvidarás jamás: un paisaje que te hace sentirte en la cúpula del mundo.

Tras la visita a la torre no pudimos acceder a la iglesia, cerrada ese día. Y recorrimos la plaza en la que encontramos también las ruinas de la antigua Alcazaba cerrada al público por encontrarse en período de restauración. En un lateral se encuentra el antiguo Ayuntamiento a cuyo lado se levanta de manera tímida el nuevo, aprovechando las edificaciones que se hicieron con las duras paredes del edificio árabe.

Y teniendo muy en cuenta el dicho en este tipo de pueblo: «de que todo lo que bajes, después lo tendrás que subir», nos perdimos por el entramado de sus callejuelas, rincones y cuestas, en los que conviven el pasado y el presente en perfecta armonía. Barrios de siglo y épocas diferentes, árabes, judíos, renacentistas y románticos. Y por supuesto los conventos, verdadera guía de historia de la ciudad de los siglos XVI al XVIII, algunos de ellos fueron cárceles reales, plaza de abastos y hospitales. En el convento de las Mercenarias tendrás la oportunidad de degustar y comprar las famosas pastas en el torno de la antesala.

Nuestra cena la celebramos en un lugar especial: el restaurante El Sombrero de Tres Picos, lugar muy conocido y con una vista impresionante al lago de Arcos, desde allí se puede alquilar piraguas para hacer un paseo por el inmenso lago desde su embarcadero. La comida exquisita, basada sobretodo en la caza. Platos típicos del lugar, que aunque a un precio elevado, merece la pena probar.

Afortunadamente, la zona del lago tiene un servicio de taxis en la puerta, con lo cual el regreso al Parador fue rápido y fácil, un merecido sobresaliente a estos profesionales del volante, que aquí tienen un mérito más que sobradamente conocido. La vista de estas calles a la luz de sus faroles, te hace alucinar…. tiempos remotos vienen a tu cabeza.

Y una vez en la habitación, antes de entrar en la cama, una vista del Tajo de noche, con miles de luces allá abajo donde parece que hay aún vida, mientras tú estás en las nubes.

Los alrededores de Arcos de la Frontera

Una vez en Arcos de la Frontera os recomiendo que hagáis algunas excursiones por los alrededores, para conocer un poco más la zona y algunos pueblos cercanos.

Por ejemplo, Villamartín es una villa situada a orillas del río Guadalete y que cuenta con notables casas solariegas y bellas iglesias, como la de Santa María de las Virtudes.

No muy lejos de Arcos de la Frontera está situado Ubrique, capital del cuero curtido. Allí, el caserío, todo blanco de cal, se arrellana en el cuenco natural que delimita un imponente circo calcáreo.

Benamahoma es una aldea que está ubicada dentro del Parque Natural de la Sierra de la Grazalema. El nombre de esta aldea que gira alrededor del agua anuncia su origen morisco. Quizá lo más característico de Benamahoma sea que es una fila de casas entre gargantas.

También cercana a Arcos de la Frontera está la localidad de El Bosque, que es la puerta de acceso al famoso pinsapar del Parque Natural de Grazalema.

Os sugiero también que, si os es posible, hagáis una visita al bonito Parque Natural de la Sierra de Grazalema, que merece la pena visitar.

Alojamiento

arcos de la frontera

Sitios Recomendados para hospedarse:

  • El Parador, de tres estrellas. buenos precios pero con la desventaja de tener que hacer la reserva muy por anticipado.
  • Hacienda El Santiscal: casa noble del siglo XVI a pie de sierra.
  • Hotel rural Cortijo Barranco: antiguo molino de aceite, restarurado del siglo XVIII. Dispone de habitaciones, casitas y salones. Jardín con piscina. Desde aquí se puede dar un paseo a caballo, hacer senderismo o búsqueda de fósiles.

Para comer

Y en cuanto a restaurantes: el Mesón de la Molinera se lleva la palma, antiguo molino de aceite también, se encuentra a orillas del lago, es hotel con 80 camas, embarcadero, piscina, y bar con terrazas.

Y por supuesto, el Sobrero de Tres Picos, de una calidad más que notoria.

Para llevarte un buen regalo o recuerdo, te aconsejo P. Orellana: dos tiendas con artículos de regalo y souvenirs. Pintados a mano, famoso son sus belenes y abanicos con vistas de Arcos. Mantones bordados a mano, trajes de flamenca, cerámica, bisutería y bolsos. Situado en la Plaza del Corral y en Deán Espinosa 12.

Y con esto y la llegada del domingo con sus nubes y lluvias nos pusimos presto al camino que ya sabemos de los problemas de la circulación en tierras gaditanas. Cuando llegamos al cruce del camino con la Nacional, peligroso donde los haya y con triste recuerdo para muchos que han perdido la vida de un familiar en el lugar; volvimos la mirada para verla de nuevo y quedarnos con la imagen magnífica de este Arcos en medio de las nubes.

Volveremos el próximo invierno….