Villaluenga del Rosario

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Después de varios kilómetros de curvas, antes y después de Benaocaz, la carretera asciende un poco más y se interna en el impresionante valle de la Manga de Villaluenga. Conduzco despacio y bien pegado al borde derecho de la carretera, pues aunque me he criado entre estas montañas, que he recorrido mil veces, y hace unos años que me enseñaron a conducir, realmente es de las primeras veces que hago de piloto por esta vía estrecha y sinuosa, carretera saltarina que se interna en el corazón de la sierra.

A pesar de estos peligros que me hacen extremar la prudencia, el autobús de Los Amarillos que me seguía pacientemente me toca el claxon para avisarme de que me va a adelantar y en un abrir y cerrar de ojos me ha rebasado, tan enorme él y tan reducida la carretera que me parece un truco de magia que lo haya hecho con tanta rapidez y que ahora continúe su ruta hacia Ronda y Málaga a bastante más velocidad que yo, que voy entre los 50 y los 60 km/hora (se notan los muchos años de experiencia que el conductor lleva haciendo esta ruta serrana, da la sensación de que llevaría el autobús brincando sobre las montañas con los ojos cerrados y una agilidad digna de igualar sólo por las cabras monteses vecinas de estos rocosos pagos).

La Manga es un enorme corredor entre montañas de roca desnuda. La carretera lo atraviesa longitudinalmente mientras se va engrandeciendo el paisaje. En la culminación, tras pasar un pequeño collado, veremos unas casitas que se recogen tímidas en un rincón. Es Villaluenga del Rosario, el «país de los payoyos».

Conociendo Villaluenga del Rosario

Yo de pequeño la llamaba «Villalengua», y mucha gente la denomina así a veces. Villaluenga es el municipio más pequeño de la provincia de Cádiz, con poco más de 400 habitantes, y también es el pueblo más elevado, rozando casi los 900 metros sobre el nivel del mar, en la cúspide de la Sierra de Grazalema. Dicen que es un pueblo muy sano, lo cual se nota por la longevidad de los payoyos (así se denomina a sus habitantes normalmente). Será el aire puro, el clima de montaña, la sana vida rural que se ha llevado tradicionalmente en lugares como éste antes de que la globalización esté entrando con ímpetu incluso en estos apartados rincones… Sea lo que sea, visitarlo es una gozada, una vez que hemos sobrevivido a la serpenteante carretera. Pero necesitaba aparcar…

Era puente festivo, y se nota que por estos pueblos viene cada vez más turismo, incluso a Villaluenga, que no vivió el boom turístico de Grazalema o El Bosque hace ya veinte o treinta años. Villaluenga siguió siendo una villa serrana más bien olvidada y muy rural y tradicional, pero ahora se está entregando de lleno al cada vez más de moda «turismo rural». Y ese día se notaba… Me arrellané con el coche a la derecha, frente a la ermita de San Gregorio, donde para el autobús de línea (que estaba aparcado justo delante, pero ya continuaba su marcha de nuevo tras recoger a los payoyos que fuesen para Ronda). Allí no podía quedarme, no había ni un hueco, y en la entrada de la fábrica de quesos «Payoyo» no podía dejarlo, bloqueando el paso. Unos metros más adelante hay un aparcamiento, vamos a acercarnos a ver si hay sitio. Difícil estaba, pero encontré espacio y pude estacionar. La verdad es que se notaba que la gente había aprovechado este puente de buen tiempo para recorrer la Sierra.

Justo frente al lugar elegido para dejar el coche apareció ante nosotros, rodeado por el parque de la Albarrada y sus columpios (a los que subimos, como los niños grandes que somos), el recentísimo Museo del Queso. Se trata de un «centro de interpretación» (nueva categoría de centros culturales muy de moda actualmente en espacios rurales, aunque para hacerlos más comprensibles al público se les suele denominar «museos») dedicado a los típicos y magníficos quesos de Villaluenga: los quesos payoyos. A quien no conozca estos quesos, se los recomiendo; han recibido diversos premios en concursos gastronómicos y están considerados actualmente entre los mejores quesos de España. Se elaboran con leche de cabras de la raza «payoya», obviamente autóctona de estas sierras (las podréis ver paciendo por los alrededores). Están exquisitos.

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Decidimos no invertir los dos euros de las entradas en algo que para nosotros es relativamente familiar y hacer el esfuerzo de subir la imposible pendiente hacia la plaza de toros. Sí, en esta tierra natal de Jesulín (Ubrique, de donde veníamos, está a poco más de diez kilómetros por carretera, mucho menos en línea recta sobre el mapa) la cultura taurina siempre estuvo presente, y en Villaluenga veremos una de las plazas más singulares del mundo (y quién sabe si de las más antiguas).

Al culminar la empinada cuesta lo descubriremos: la plaza está construida íntegramente en piedra, además asentada sobre las omnipresentes rocas del entorno, que sobresalen entre el graderío en algunos puntos, y sobre todo, no es redonda. Tampoco es exactamente cuadrada, pero es como la suelen definir: una plaza de toros cuadrada. La verdad es que tiene una forma irregular muy rústica y que le da un aire muy entrañable.

Seguimos nuestro paseo siguiendo las indicaciones del mirador. Nos metimos a la izquierda entre unas casas y, por un estrecho pasadizo y unos empinados escalones de piedra (siempre la piedra), llegamos a lo alto de unas rocas, donde se ha habilitado este mirador. Desde allí se ve todo el pueblo, tan pequeño como es y tan grande es su belleza. Inevitable hacer un montón de fotos allí arriba y quedarse un buen rato disfrutando del entorno, con las pupilas bien abiertas, y también los pulmones para respirar el aire tan puro. Allá abajo, como un «Micro Machine», se ve empequeñecido mi coche, la cinta de la carretera, los prados de la Manga… Y a nuestro alrededor, un puñado de casitas blanquísimas buscando cobijo unas junto a otras en este pequeño cuenco de la gigantesca sierra caliza del Caíllo, que descuelga sus tajos y cuevas hasta los límites mismos del pueblo que se recuesta bajo ella. La tarde es fría y transparente. Nuestro ánimo se eleva.

Volviendo a la calle principal, más adelante, llegamos a la plaza principal, la Alameda. Haciendo esquina está la tradicional «Fonda Ana Mari», de esas de antaño que ya casi no quedan. Junto a ella el estanco, la parroquia de San Miguel, el casino (centro social payoyo de toda la vida). Allí mi novia se encontró inesperadamente con una antigua compañera de estudios, el mundo es un pañuelo. Cruzamos la Alameda a la sombra de los añosos árboles y seguimos por la calle Real. Descubrimos la «botica-consultorio» en un recodo.

Un poco más allá, en una plazoleta que se abre a la izquierda, aparece la preciosa portada barroca en ladrillo del ayuntamiento, sede que fue del concejo de las Siete Villas de la Serranía de Villaluenga, cuando todos estos pueblos tenían un término común (Ubrique, Benaocaz, Villaluenga, Grazalema, y los desaparecidos Archite, Cardela y Garciago, entre otros núcleos de población presentes y pasados).

En este punto, volvimos atrás y descendimos de nuevo hasta la plaza próxima a la ermita, donde se alza la fuente terminal del acueducto. Hasta este punto llegaba el agua conducida desde los acuíferos de la Sierra Peralto, en La Mina, mediante un antiguo acueducto, de probable origen andalusí, que tiene la particularidad de ser subterráneo. Esta conducción de aguas responde a lo que en la cultura árabe se conoce como «qanat», y su trazado viene marcado en superficie por una serie de pozos dispuestos en línea, formando una ancestral red de abastecimiento hidráulica.

Algunos de estos pozos o alcubillas son de gran belleza, construidos en ladrillo, de planta octogonal y coronados por cúpulas puntiagudas. Entre ellos transcurre el trazado de la antigua calzada romano-medieval, de la que se ha recuperado un tramo en La Manga y que es continuación de la que pasa junto a Benaocaz y llega hasta Ubrique, un fragmento de una gran vía de comunicación de la Antigüedad que ahora es recorrido por el sendero de gran recorrido GR-7, de Tarifa a Atenas.

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Cae la tarde en el país payoyo y nos disponemos a volver. Cerca de nuestro coche comienza el sendero de los Llanos del Republicano: en otra ocasión volveremos y haremos esta ruta en plena naturaleza, en el corazón del parque natural de la Sierra de Grazalema, la comarca más lluviosa de España (nada que envidiar a las humedades y verdores gallegos, astures y cántabros, en un paisaje frondoso y fresco muy ajeno al resto de Andalucía, notablemente más seca).

Cerca de nosotros, las aguas del arroyo Albarraín se sumen en la oscura y profunda cavidad de la Sima de Villaluenga, justo frente al pueblo, abierta cual tenebrosa boca de la montaña, comenzando un recorrido subterráneo que dicen desemboca en el manantial ubriqueño del Algarrobal, unos kilómetros más abajo. La riqueza de Villaluenga en simas y cuevas la ha hecho dotarse de una Escuela de Espeleología, pública y de prestigio. La olvidada aldea de la montaña cada día lo es menos. Hace poco saltó a la actualidad nacional por el descubrimiento en un yacimiento de la Sierra del Chaparral de restos faunísticos prehistóricos de enorme antigüedad y un tremendo interés científico, en los cuales aún se está trabajando y cuyos resultados aún podrán traernos grandes sorpresas (¿una Atapuerca serrana y meridional?).

Por la estrecha y curvada carretera regresamos a Ubrique. Ha sido una tarde memorable en Villaluenga del Rosario, una hermosa tarde otoñal (casi invernal) en lo más alto de la Sierra gaditana.

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