Atocha ha sido para mí en los últimos 12 años punto de reunión de todos mis viajes; aquellos que tenían como final la rojiza y moderna edificación que se levantó a continuación de aquella vieja estación que me recibió cuando era aún una chica que iba a Madrid a tratar de resolver su futuro profesional; que tres veces fue testigo de mis devaneos estudiantiles con los compis de oposición cuando íbamos a presentarnos a aquellos tres exámenes que resolverían nuestros futuros como personas y como profesionales.

Atocha se remozó la cara para ponerse a la altura de la circunstancias de trenes de alta velocidad, los cuales dejaron en casi una aventura las ocho horas primarias que nos separaban de la capital del reino en los años 70´s, y se vistió de gala convirtiendo su antiguo paso y final cambiando las vías de hierro por plantas exóticas traídas de exóticos invernaderos y dotándola de todos los adelantos de las mejores estaciones de Europa por entonces.

Atocha se amplió y dejó en el fondo de su vientre el edificio antiguo para ponerse a la altura de los grandes Museos madrileños y darle a la gran estación esa suntuosa vistosidad que tiene hoy de edificio modernista y dotado de las mejores y más avanzadas instalaciones propias de los terminales ferroviarios mejores de Europa.

La nueva estación fue estrenada por mí en 1994, en aquel viaje personal y profundo que me renovó las viejas alianzas y me abrió las puertas del futuro y lloré de la emoción de conocer de nuevo el viejo lugar, dejando a un lado sus antiguas instalaciones y disfrutando hasta la médula de las nuevas, que me ofrecían no sólo nuevos y más variados servicios y entretenimientos, sino que además me daba la oportunidad de convertir la estación en punto de encuentro y reunión con seres entrañables que tuvieron y tienen el privilegio de haber tenido de telón de fondo la nueva estación a un espectáculo personal, entrañable y querido de encuentros deseados y hechos reales en su escaleras mecánicas, en sus suelos o en su hall de entrada. Esta estación está unida a mí como si fuera parte de mi vida, porque realmente ella ha hecho realidad la mayoría de los sueños que han pululado por mi mente en los último 15 años.

Hoy en día hemos dejado la incomodidad de la vieja estación, convertida en invernadero amplio y aprovechándolo para ser un jardín cargado de húmedo ambiente para las plantas que adornan sus viejos raíles desaparecidos. A sus dos vertientes se han abierto cafeterías, restaurantes y salas de espera de viajeros, además de ofrecer todos los servicios de Renfe de un modo más ordenado y mejor llevado para el acceso a toda clase de viajeros. La entrada a la estación se ha levantado para ponerla al nuevo nivel que es la plaza de Atocha, donde los carriles subterráneos han mejorado la circulación de coches por la glorieta. Abajo queda la estructura de la vieja estación que se ve desde esta nueva altura como un relicario hermoso de viajes antiguamente realizados.

La nueva estación está dividida, aunque unida entre sí, acomodando la antiguo con lo moderno, de tal manera que difícilmente, salvo que se haya conocido la estructura primaria nos será fácil distinguir. En el día de hoy llegamos hasta la estación una vez entrados en Atocha, ya sea en coche o en metro que la comunica directamente con los dos medios de locomoción más utilizados en la capital. Tenemos que añadir la lineas de autobuses urbanos que la une también con los puntos más diversos de la capital, con parada en el “redondo”, popularmente llamado así por su forma, y que la comunica con las líneas de metros que tienen parada y estación junto y conjuntamente con los trenes y la parada de taxis que abrazan literalmente hablando al famoso “redondo” guardando un orden de llegada y salida.

Atocha, ¿dónde está?
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Para mí la estación es de fácil acceso, pues mis hoteles habituales están prácticamente frente a ella; ya sea el National o el NH Sur están prácticamente a un paso de peatones de la misma; de esta forma salgo o entro de la capital por la estación a pie.

Una vez he atravesado las puertas de cristales rotatorias pertrechada con mi carro de equipajes que aguarda ser utilizado antes de entrar en la misma, a ambos lados de las puertas rotatorias. Entramos en lo que es parte de las antiguas instalaciones conformada por la estación convertida en invernadero y dotada de varios restaurante a escoger, donde se ofrece buena comida a muy buen precio. Para ello tenemos que bajar los tres niveles que la separan del suelo de la antigua Atocha.

La parte que antes ocupaban las vías están cubiertas por plantas y árboles de procedencia tropical, cuya humedad y ambiente está logrado gracias a un vapor que se escapan de sus altas duchas y que llenan el ambiente de una espesa y agobiante atmósfera tanto en invierno como en verano. Esta es una de las pegas que le pongo a la estación. Alrededor de los parterres desde donde suben al cielo las palmeras tropicales y otras plantas de humedad constante, están colocados asientos de piedra que se atiborran de bolsas y de carros llenos de maletas expectantes ante el anuncio de la salida del tren esperado.

A sus laterales, además de los tres restaurantes y de oficinas de alquiler de coches o de hoteles que ofrecen sus habitaciones a aquellos que tendrán que pasar noche en la capital, están los estancos para los prohibidos fumadores en todo el recinto. Tiendas de regalos, de recuerdos y demás entretenimientos para la espera. Tenemos también al fondo y escondida demasiado para mi gusto, la consigna donde se pueden dejar las maletas en espera de la hora de partida. Precios comedidos y buena calidad en el servicio. Naturalmente las tendremos que pasar por el escáner cada vez que utilizamos un servicio de la estación en la que la seguridad prima por sus servicios en todo el recinto.

Después de haber dejado las maletas en buen refugio podemos pasear mientras viene la hora de partida; bien almorzar o bien tomarse cualquier cafelete en alguno de sus bares y cafeterías situados una vez entramos en la terminal nueva. Allí podemos encontrar también las tiendas de marcas conocidas y podremos pasear por ellas para comprar algún recuerdo o regalos para los familiares y amigos. Hay de todo y a precios para todos los bolsillos. Debo confesar que mi debilidad en cuanto a tiendas en Atocha es Coronel Tapioca, siempre encuentro algo que llevarme y a mejor precio que en cualquiera de sus tiendas en otros puntos de la geografía nacional.

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A través de los cristales que hoy en día la separan de los trenes, vemos las vías interminables de dónde vienen y van los trenes que proceden del sur y de los laterales del país. Nuestra querida línea dos y más allá el Alaris, los Aves que la unen con Cuidad Real y Sevilla y por supuesto el Talgo Triana que nos unía hasta hace poco con Sevilla y por vía normal con Cadiz (ahora ha cambiado también de nombre cuando se ha puesto en servicio el Ave hasta -Zaragoza – Barcelona).

Distracción no nos va faltar por muy temprano que lleguemos a la estación: puntos de venta de todo y para todos y servicios de cafetería, comidas…. un número interminable de ellos. Los servicios de la estación de Renfe también se han modernizado y en los laterales de la antigua estación podemos acceder a la compra de todo tipo de billetes de tren. Tiene también varios stands que se dedican al alquiler de coches, hoteles y un ilimitado abanico de servicios. Las escaleras mecánicas nos llevan hasta las puertas giratorias que nos ponen en contacto con el Madrid o por el contrario, es el punto de despedida triste para cuando nos vamos.

Un cambio importante se ha producido en los últimos años en la estación: los pasajeros no toman los trenes directamente pasados el control de vías. Ahora, por motivo de seguridad, tras los atentados en NY, tenemos que hacerlo como si estuviésemos en un aeropuerto con paso de viajeros controlado en la primera planta de la estación. De esta forma sólo acceden a las vías los pasajeros con billetes para viajar con el tren que está en la vía ya y para aquellas personas impedidas hay un servicio de coches con chófer para llevarlos hasta la puerta del vagón correspondiente.

De esta forma nos encontramos con un nuevo modo de esperar el tren. Una vez pasada la inspección visual de billetes y de equipaje por el escáner sólo permanecen en las salas de espera los viajeros de cada tren, para lo cual se ha acondicionado la primera planta como si fuera un aeropuerto. De nuevo nos encontramos con tiendas, cafés y bares sólo para los pasajeros de los diversos trenes que tendrán salida en las próximas horas, además de la sala de tarjeta oro de Renfe.

Los servicios de comunicaciones y de información están distribuidos por todo el complejo, ya sean por pantallas de Tv o por los tableros informáticos, que dan puntuales señas sobre la puerta y el tren que sale o entra. Hay también servicio de voz que nos comunica las salida y llegada de cada tren y las vías que recorrerán cada uno de ellos.

Como ven todo un complejo pensado en el viajero y también para el que utiliza el tren como medio de transporte diario en su ir y venir a la capital. Los trenes de cercanías tienen su estación junto a la de “largos recorridos” y el metro también tiene su salida y entrada en el completo de Atocha, convirtiéndola en un verdadero centro de las comunicaciones de la capital.

Los atentados del 11M

estacion de atocha

Se me hace inimaginable, a la vez que un escalofrío recorre mi cuerpo, la imagen de sentir la estación más vacía que nunca, no sólo de personas que buscan sus destinos debido a la cancelación de los transportes ayer, sino un vacío más inmenso aún si cabe, ayer algo se fue que será imposible hacer regresar. Al fin y al cabo, todos sabemos que de aquí a pronto, los transportes con origen, destino o paso intermedio en Atocha restablecerán su normalidad, y que los vagones y materiales destrozados, volverán a ser repuestos, sin que nada indique que allí ocurrió algo horrendo.

Un vacío irrecuperable es el que me hace preguntarme preguntas sin respuesta. 200 familias no volverán a ser cómo eran, no volverán a tener la plena felicidad que en un día tuvieron, nadie les devolverá algo impagable. Ayer escuchaba un comentario de una víctima del atentado de Hipercor, el cual se indignaba cuando algún conocido le preguntaba: “¿Qué, ya habrás recibido la indemnización, no?”. No hay nada que le devuelvan a estas personas lo que en un día con el 11-M perdieron.

Por desgracia no queda así la cosa, si son 200 familias las destrozadas totalmente, son cerca de 2 millares de personas las que resultaron heridas, de las cuales muchas la semana pasada estaban practicando deporte, jugando con sus hijos o paseando, mientras que ahora, bastantes de ellas les será imposible volver a realizarlo, encorsetados a una silla de ruedas o postrados en una cama será el desolador futuro que una panda de malditos han conseguido.

El que podríamos llamar, mal menor para otros muchos heridos leves, será no poder olvidar en el resto de su vida un día, un mes y un año en concreto. Por desgracia muchos no volverán a confiar como se debería confiar, tendrán un miedo cuando suban a un transporte publico (si es que lo consiguen). En definitiva, ayer muchas personas perdieron un “algo”, por desgracia, unas personas algo muy concreto y cercano, así como muchas otras, a pesar de vivir a cientos de kilómetros de Madrid, también perdimos.

Cerca de 4 kilometros cuadrados, superficie de Atocha, perdieron el 11M un algo que no volverá a recuperar y el recuerdo volará sobre nuestras cabezas siempre que usemos la instalación, ya sea para coger un tren, bus o taxi. Por desgracia, no será la única estación en la que nos invadirá esa sensación, sino que en Santa Eugenia y Tio Pozo, flotará similar sensación. No quedando aún ahí la cosa, pues me temo que ya sea una estación de Almería o Vigo, cuando pasemos cercas de las vías del tren, nos volverán a la cabeza unas imágenes cruentas y un recuerdo muy amargo.

En pie desde 1892, año en el que concluyó la construcción de la Estación de Atocha, la cual había comenzado 4 años antes (1988), su creador Alberto de Palacio, nunca pensaría que podría llegar a arrepentirse un día la gente de que existiera. En el 1985 Rafael Moneo dirigió su ampliación. Más de un centenar de años aportando utilidad, se han visto volatilizados en apenas un amanecer.

Se trata de algo incomprensible, la gente comiéndose a la gente, como si fuésemos tribus africanas. Ni de lejos puedo imaginar que les pasa por la cabeza a estos malvados, ya sean españoles, árabes, americanos o esquimales.

La Plaza del Emperador Carlos V, lugar donde está situada, ha sido testigo por desgracia de uno de los más oscuros dias de la historia moderna de nuestro país.