Chocolatería San Ginés

Va llegando el viejo y frío invierno con su abrigo gris que va tiñendo los cielos. Aunque estos últimos días el sol parece querer devolvernos a los ocasos del final del verano, el calendario sigue su marcha infranqueable despojándose de sus hojas de camino a la navidad. Mientras, los árboles también se van quedando desnudos, mirando de frente al invierno que ya se aproxima al final de la calle, tiñendo de frío y tinieblas nuestras tardes de aquí hasta casi finales de abril. Pero el invierno no es ningún monstruo del que todos salimos despavoridos, es el viejo abuelo al que no vemos desde el año pasado, pero que aunque parco en palabras y gestos, nunca ha dejado de querernos. Y en su compañía nosotros también somos felices.

Quizá el invierno no tenga nada que ver con el verano, y mientras éste es el primo crápula que nos saca de fiesta noche tras noche acunándonos con el calor y las copas, los besos y la playa, el invierno s el padre severo que también a su modo nos quiere. Es el invierno el que nos hace pasar frío, pero también el que nos devuelve la increíble sensación de estar delante de una chimenea, o de vivir la navidad con las luces de colores invadiendo nuestro mundo y haciéndolo un poco menos gris. Y aunque la tarde sea fría, esté anocheciendo y ya no haya luz, también el invierno nos proporciona cosas bonitas, recuerdos entrañables que siempre recordamos. Y uno de esos recuerdos de invierno, de todos los inviernos es la sensación de entrar en un lugar calentito y tomarte un humeante chocolate en el que zambullir unos cuantos churros y comértelos entrando en calor y rechupeteándote de lo buenos que están. Es un recuerdo tan de infancia que nos retrotrae a esos años divinos de ingenuidad en que íbamos por el mundo de la mano de nuestros abuelos y que el mundo era únicamente un sitio muy grande en el que jugar, a veces llovía y no podíamos ir al parque y otras veces íbamos al zoo o a tomar esos churos deliciosos. Por eso el viejo invierno sigue cogiéndonos de la mano cada año y en el frío que atajamos con nuestros guantes de colores y la ingenuidad perdida, nos sigue dando momentos en los que ir a degustar un lustroso chocolate con churros y volver a la infancia.

La chocolatería de San Ginés

NOTA DE LA QUE SUSCIBE: Reivindico el derecho fundamental a un excelente y calentito chocolate con churros y a todo aquello que pueda devolvernos, anque sea por unos instantes, al paraíso perdido de nuestra infancia!!!!

La chocolatería de San Ginés es uno de esos sitios de toda la vida, que son tan eternos que nunca jamás pasarán de moda. Es uno de esos lugares a los que nuestros abuelos nos llevaban a comer churros y que hoy sigue lleno de abuelos que llevan a sus nietos en el frío del invierno a rechupetearse los dedos y disfrutar del maravilloso e inigualable sabor de un chocolate con churros en una fría tarde de invierno. Yo no soy de Madrid, bueno ahora ya casi sí porque me encanta esta ciudad, pero en realidad soy de Asturias, donde pasé toda mi infancia y adolescencia. Por ello, mi abuelo no me pudo llevar a la chocolatería de San Ginés pero estoy segura que de haber vivido en Madrid me hubiese llevado, y quién sabe si yo algún día llevaré a mis nietos, o quizá empiece por mis hijos, aunque hoy por hoy unos y otros los veo tan lejanos….

El caso es que la chocolatería de San Ginés es uno de esos sitios del Madrid más castizo, conocido por propios y extraños, por gente del barrio y turistas. Su situación tan céntrica la convierte además en un sitio ideal para acercarte en cualquier momento si estás tomándote algo cerca, o ando un paseo por el centro, de compras, o lo que más te apetezca. Y en medio de la vorágine de Madrid uno llega a San Ginés y se siente como en casa, aunque para eso tendrá que armarse de paciencia y tener un poco de suerte, y así entre ambas cosas quizá logre encontrar una mesecita donde sentarse y revivir los episodios de nuestra infancia comiendo churros mientras fuera el invierno y el frío toman la ciudad.

El día 1 aprovechando el festivo y que no tenía puente, me fui con unas compañeras de trabajo a comer a La Latina y tras estar por ahí de terraza en terraza y de risa en risa, cuando ya íbamos de camino al bus para irnos a casa nos acordamos de la chocolatería de San Ginés, y no pudimos resistir la tentación de quedarnos media hora más y disfrutar de un riquísimo chocolate con churros. Os prometo que mientras estaba allí pensé que tenía que escribir una opinión en el blog sobre este lugar, porque es un auténtico emblema en Madrid.

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Ubicación de la chocolatería y características

La Chocolatería de San Ginés está situada en pleno corazón de Madrid, en el callejón de San Ginés y al lado de la calle del mismo nombre cuya fachada mira a la calle Arenal. Ya que hablamos de esta tradicional calle madrileña que une la Puerta del Sol con la plaza de Isabel II o más conocida como la Plaza de Ópera, aprovecho para decir que desde que la han peatonalizado nos han regalado un lugar precioso de paso y de paseo donde el peatón gana la batalla al coche en aras de una vida un poco mejor.

El local en el que se encuentra la chocolatería de San Ginés se encuentra en un edificio que ocupa medio callejón de San Ginés. Se trata de un local de dos plantas aunque la de abajo es muy pequeña y personalmente prefiero la planta de arriba que sí que está atestada de gente pero es más amplia y además allí se puede captar el verdadero espíritu de este lugar. La chocolatería de San Ginés es un local tradicional, con una pequeña barra de mármol y unas cuantas mesas de este mismo material; alrededor de las cuales hay sillas tapizadas en verde y algunos sofás del mismo color. Es uno de esos establecimientos de toda la vida que nunca pasan de moda y que seguro que hace cuarenta años estaban exactamente igual que hoy.

La clientela de la Chocolatería de San Ginés es variopinta pero fiel; muchísimas personas vamos por allí a disfrutar de nuestro chocolate con churros o porras cuando la ocasión se presta a ello. En ella siempre hay gente de todas las edades, niños, jóvenes, familias, personas mayores… Al fin y al cabo el chocolate con churros es una auténtica seña de identidad de nuestro país y una auténtica delicia para disfrutar en invierno, por lo que a todo (o casi todo) el mundo les gusta. La mayor pega que yo le veo es que frecuentemente está hasta arriba de gente y no resulta nada fácil encontrar una mesa, pero para ello lo que yo siempre suelo hacer es esperar a que quede una mesa libe y después encargar el chocolate con churros en la barra, porque aunque siempre tienes la posibilidad de comértelo de pie en una esquinita, no es lo mismo que sentarte tranquilamente y disfrutar de este pequeño placer. Por suerte, la gente no se suele quedar toda la tarde en San Ginés sino que sueles ir en una tarde de compras o un buen día que pasabas por el centro y te sobra un ratito, por lo que normalmente en diez minutos siempre te queda una mesa libre donde poder sentarte. Que no te eche para atrás la enrome cola que siempre hay a la entrada, que no es para tanto. El problema es que la barra es muy chiquitita y la caja ara pagar está en la misma puerta, por lo que aunque el local esté vacío es inevitable que la cola salga puerta afuera, dando a entender que hay mucha más gente e la que en realidad hay.

En cuanto a los precios, al ser un lugar tan tradicional y donde va todo el mundo, los precios no son nada caros. Como dije antes, hace un par de días fuimos dos compañeras de trabajo y yo y nos invitó una de ellas, no sé exactamente a cuánto subió pero pedimos tres churros, tres porras y tres chocolates, y sé que todo rondaba los 8 ó 9 euros, por lo que no resulta caro, viene a salir por unos tres euros por persona. ¿Quién puede resistirse a ese placer por tres euros?

Mi experiencia en la chocolatería San Ginés

chocolateria san ginés

Sabéis que no soy madrileña de nacimiento pero sí de adopción y convicción. Siempre me ha encantado esta ciudad en la que vivo desde hace dos años. Pero además no solamente vivo en ella sino que la vivo, intentando descubrir sus secretos, sus historias, sus lugares… Y creo firmemente que uno de sus emblemas, aunque quizá suene ridículo es esta chocolatería, que es un auténtico signo de identidad y una parada obligatoria en el viejo invierno para muchos madrileños. Decía antes que si yo hubiera crecido en Madrid estoy segura de que mi abuelo me habría llevado a San Ginés a comer chocolate con churros, estoy segura de ello. Como no nací ni crecí en Madrid descubrí este lugar mucho más tarde, en mis viajes a la capital, sobre todo en los puentes en invierno, porque creo que en varias ocasiones vine el puente de los santos a Madrid de viaje, y ahora, sin puente porque me toca trabajar, sigo disfrutando de los huecos libres de estos días en esta maravillosa ciudad que me ha acogido con los brazos abiertos.

La primera vez que fui a San Ginés fue una gélida noche de un jueves del mes de febrero de hace unos cuantos años. Me llevó un primo mío con el que siempre me he llevado fenomenal y que vivía en Madrid. Salimos juntos por media ciudad en esa noche en la que los termómetros marcaban bajo cero y que nos reímos tanto y nos lo pasamos tan bien. Pasada la hora de las brujas, en plena madrugada, desembocamos en San Ginés a tomarnos un chocolate calentito, y a pesar de ser un jueves y del mes de febrero había bastante gente dentro, pero conseguimos una mesa y aquel chocolate fue una auténtica medicina en esa noche invernal.

Después he ido muchas veces con muchas personas diferentes, y cuando paso cerca a veces se me ocurre a mi la idea de ir a San Ginés, otras veces a alguien que va conmigo, pero nunca soy capaz de decir que no. Me encanta este lugar, me trae recuerdos de una infancia perdida, aunque no la viviese en San Ginés; me gusta su ambiente de barrio y de gente alegre, disfruto siempre hasta la última gota de cada chocolate y cada segundo que estoy dentro de allí. Hay una canción de Serrat que se llama «Aquellas pequeñas cosas» y que habla de las cosas insignificantes, que tenemos alrededor y que mucha veces ni siquiera les prestamos atención, y son precisamente las pequeñas cosas y los pequeños momentos los que dan sentido a la vida y los que nos dan la felicidad. Y en San Ginés cada vez que voy personalmente soy feliz por unos minutos; no me importan las colas ni tener que esperar mesa, ni la algarabía de los de alrededor. Me gusta este lugar porque no tiene nada más en sí mismo que ser un trozo de vida y un trozo de historia, y de ser un recuerdo que siempre que viene a tu mente lo recibes con nostalgia y con una leve sonrisa en los labios. ¿Acaso se puede ser algo más importante que eso?

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